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Lazarillos ilustrados y Gallos

En España deberíamos preservar la picaresca, esa habilidad heredada del Lazarillo

Nuestros vecinos franceses han aprobado una ley para "proteger el patrimonio sensorial del campo", con un voto unánime que unió a todas las fuerzas políticas. La ley declara que el tañido de las campanas de las iglesias, el canto de los grillos, el cacareo de los gallos al amanecer o el olor de los establos, son propios del medio rural, forman parte de la identidad cultural de los territorios y hay que preservarlos. Como se ve, en el país de Napoleón tienen preocupaciones más allá del coronavirus, la defensa del Festival de Cannes y el Tour. La iniciativa en defensa de lo ancestral en tiempos en que sólo se reconoce al progre, resulta loable. Entre nosotros habrá quien la utilice para defender la tauromaquia y otros que considerarán que no es lo mismo matar un animal que defender el canto de otro, pero dejando al margen un debate tan apasionado, quedémonos con la idea de que en nuestro mundo hay pequeñas cosas que merecen ser conservadas. Así que me permito proponer a nuestros representantes alguna de ellas. Cada sociedad necesita generar sus propias tradiciones para construir un suelo cultural común sobre el que identificar la identidad que después esgrimimos para unirnos de unos y separarnos de otros.

Por ejemplo: deberíamos preservar la picaresca; esa habilidad heredada del Lazarillo, que hace que un político en contra de la vacunación se salte los protocolos para vacunarse antes de que le llegue su turno y se justifique diciendo que lo hizo para dar ejemplo. Actuar así es un arte digno de ser ideado por el mejor guionista de Hollywood. Esta destreza natural hace que Sánchez duerma tranquilo incluso con Iglesias en su Gobierno; que éste último, defensor de los humildes, viva en un chalé de lujo; quienes enarbolan la defensa de la Constitución la incumplan; Otegui se defina como un hombre de paz y los que llevan años pidiendo votar soliciten ahora retrasar las elecciones. Todos estos hechos parecen surgir al amparo de una ley en defensa de la picaresca nacional que los aceptara como formas de defender que mentir y engañar son parte de nuestra tradición, permítanme la ironía, y que decir la verdad es cosa de afrancesados ilustrados ajenos a nuestra idiosincrasia. Pero no es así. No somos ni mejores ni peores que nadie, porque como los comportamientos ante las vacunas muestran, somos iguales a todos. Mitad lazarillos, mitad hijos de la Ilustración, todos gallos ruidosos a los que no nos gusta madrugar.

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