LO contaba en carta al director uno de esos lectores que, quizás sin saberlo, proporcionan a los periódicos un material informativo de primera. Viajando por un pequeño pueblo castellano se topó con un cartel del Plan E que anunciaba una obra presupuestada en 5.500 euros. Preguntó a un vecino cuánto habría costado el cartel. El vecino interpelado resultó ser el alcalde del pueblo y, claro, conocía el dato: 1.200 euros. O sea, el 22% del total del proyecto.

Cualquiera de nosotros ha podido ver en pueblos y ciudades la proliferación de estos letreros. Uno por cada obra, por insignificante que sea ésta y por mucho que nos haga recordar el viejo dicho de que cuesta más el collar que el perro. Más vale la propaganda que lo que se propaga. El Plan E, ahora prorrogado, ha sido un acertado plan de choque contra el paro, aunque sólo haya creado empleos de corta duración. No podía ser de otro modo. La única industria que de verdad se ha consolidado gracias al Plan E ha sido la industria nacional de la cartelería. El Plan E parece el Plan Entérense.

Los gobiernos suelen ser unos obsesos de la publicidad, menos motivados por hacer cosas que por hacer saber que hacen cosas. Muchas veces innecesariamente, porque ya me dirán si en los pueblos pequeños y medianos es preciso informar a los vecinos de lo que está ante sus ojos. El Gobierno nuestro ha desarrollado esta obsesión hasta límites inalcanzables para una mente normal. Zapatero es un fiebre de la propaganda, el marketing y la publicidad, a todas horas y con todos los pretextos. Ha sido capaz de crear ministerios que apenas tienen competencias que ejercer y cuya única misión aparenta ser la realización de campañas publicitarias vagamente relacionadas con su teórico contenido. Improvisa en casi todo, pero planifica hasta el menor detalle de la escenografía de un proyecto o una iniciativa, por muy alejada en el tiempo que se contemple su realización. Lo importante es dar sensación de actividad incesante y desvelo por los problemas, no los problemas mismos, que habitualmente tienen soluciones complicadas e impopulares (por eso no conviene ni siquiera plantearlas a la opinión pública).

Al Gobierno no le hace falta un Ministerio de Propaganda que nos venda sus acciones políticas. Todo el Gobierno es un inmenso Ministerio de Propaganda. No hay proyecto que no se anuncie cien veces antes de ponerse en marcha, la preocupación por poner primeras piedras es inversamente proporcional a la preocupación por poner las últimas, se pretende cambiar el modelo económico mediante una ley y se propaga que la innovación y la investigación son la clave del nuevo desarrollo sostenible mientras se recortan las inversiones en innovación e investigación. Anuncia, que algo queda.

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