La firma invitada

José María García León

Gibraltar

HACE unos días, una tímida protesta diplomática de España, por no se qué acuerdo bilateral llevado a cabo entre los gobiernos de Gibraltar y de los Estados Unidos, puso de nuevo sobre el tapete, aunque muy fugazmente, el sempiterno contencioso que nuestro país desde el Tratado de Utrech de 1714 viene manteniendo por la cuestión gibraltareña con la Gran Bretaña.

Recalco lo de fugazmente porque en los últimos años, quién lo diría, es como si en gran medida los españoles, y muy especialmente los andaluces, nos hubiéramos olvidado de dicha cuestión. Hasta el punto de parecer que hace ya un tiempo inmemorial cuando España, en un casi permanente ejercicio de su secular "orgullo patrio", reivindicaba para sí la devolución de la Roca, aunque, todo sea dicho, siempre tuve para mí que esta actitud provenía más de la España oficial que de la España real.

Bien es cierto que nunca renunciamos a ello, pues ya con Carlos III Gibraltar fue sometida a un intenso bombardeo por aquellas baterías flotantes nuestras, que no sólo no consiguieron su objetivo, sino que encima costó la muerte al más interesante poeta de aquella centuria, el gaditano José Cadalso.

Conforme fueron pasando los años y de forma intermitente, se intentaba, o así lo parecía, la anexión de Gibraltar, siendo en la Segunda Guerra Mundial cuando la tentación fue más fuerte que nunca. Hasta el punto de que el gobierno de la Alemania nazi, contando con una posible colaboración española, diseñó un complejo plan de rescate de la Roca, la "Operación Félix", que nunca se puso en práctica ante las dudas y las dilaciones de España.

Bien sabía Franco que, de haber sucumbido a tal tentación, la ocupación de las Islas Canarias por los ingleses hubiera sido casi inmediata.

Con todo, a partir de entonces, Franco hizo de la cuestión gibraltareña una de las constantes más socorridas de su política exterior. Se sucedieron las manifestaciones, especialmente aquella multitudinaria ante la Embajada de su Graciosa Majestad en Madrid, en la que, como quiera que el entonces todopoderoso ministro Serrano Súñer telefoneara al embajador inglés por si quería que le enviara más fuerzas de seguridad, este último, flemáticamente, le respondió que lo que quería, realmente, era que no le mandara más manifestantes. Pero fue la obstinada política del régimen franquista, espoleado, con gran parte de razón, por la resolución de la ONU para descolonizar Gibraltar, cuando más estrecho se hizo su cerco, hasta culminar con el cierre de la verja en 1969.

Todavía recuerdo la goleada de España a Finlandia en aquel flamante y nuevo estadio de La Línea, que TVE retransmitió, más pendiente por enfocar el Peñón al fondo que por las jugadas de los chicos de Kubala.

Sin embargo, fue en aquellos años sesenta, viviendo entonces yo muy cerca de Gibraltar, cuando llegaron a mí, a través de la televisión de los "llanitos", las primeras canciones de los Beatles (She loves you, Twist and shout…) o los fantásticos regates de George Best, gran estrella del Manchester United.

También los "kekis" (plum cake) en la merienda o los cereales en el desayuno, sin olvidar el revoloteo de las "pavanas" (gaviotas), aviso inequívoco de una buena levantera. Valgan, a modo de ejemplo, estos juveniles recuerdos del Campo de Gibraltar de aquellos años.

Después, con Felipe González, abrimos de nuevo la verja y… hasta hoy. Hace diecisiete años, el grupo de investigación de la Universidad, al que pertenezco, invitó a Joe Bossano a dar una conferencia en Cádiz. Me tocó a mí hacer su presentación ante una, casi vacía, Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, pues tal fue el boicot, premeditado o no, que sufrió el entonces (como ahora) pomposamente llamado Primer Ministro de Gibraltar.

Concluido el acto departimos amigablemente con él, especialmente sobre el futuro de las relaciones de Gibraltar con España. Entonces Bossano (listo, ladino y socarrón) habló con sorna de aquello que tanto gustaba decir a Franco, que Gibraltar era como una fruta madura que caería por su propio peso. Resultó, entonces, que la fruta, como ahora, sigue estando demasiado verde.

A las pruebas me remito. ¡Ah! Y que no aparezca pronto otro submarino. A este paso me temo que sólo los monos del Peñón protestarán.

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