Sin pena ni gloria, excepto en lo que se refiere al fabuloso despliegue de la inalcanzable reina Melania, ha transcurrido la cumbre del G-7 en Biarritz. No puede extrañarnos el inane resultado. Macron sigue intentando simular el perfil de gran estadista que los medios le regalaron, pero a estas alturas ya no puede engañar a nadie. Algún golpe de efecto de escaso recorrido, como la súbita aparición del ministro iraní de Exteriores, y poco más. Hasta las protocolarias manifestaciones de los antisistemas más integrados que se recuerda, tuvieron ese aire cansino que el final de agosto impone a todo. “Mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes”: el salmista, hace miles de años, ya los había calado.

Mientras en Biarritz no pasaba nada, me decidía yo a hincarle el diente a un libro de título tan poco atractivo que, francamente, lo había ido postergando a este casi final de vacaciones. Sólo la recomendación insistente de un amigo de gran criterio me permitió superar el rechazo instintivo de algo que se llama Marion-ética. Los expertos de la ONU imponen su ley y que, para aclarar el sentido de tan peculiar título, luce una marioneta de hilos como reclamo de cubierta. La autora, Marguerite A. Peeters, ha resultado ser, sin embargo, una excelente conocedora de los organismos internacionales que han ido formulando los principios del nuevo orden mundial surgido desde el final de la guerra fría. Es decir, de la revolución cultural global que, primero silenciosamente, de forma cada vez más evidente desde hace algunos años, se ha impuesto a las sociedades occidentales.

Esa revolución cultural, que abarca todos los aspectos de la vida, se articula en torno a dos vectores fuertemente relacionados entre sí y reinterpretados por la posmodernidad: el feminismo y la sexualidad. Pero la extraordinaria capacidad de expansión de esta nueva ideología sólo se explica por el papel jugado por las grandes conferencias internacionales de la ONU desde la de El Cairo en 1994. Aquí no hay sociedades secretas ni teorías conspiranoicas, sino documentos oficiales de la ONU y sus agencias. Objetivo: imponer al mundo, sin debate democrático y por encima de soberanías nacionales y diferencias culturales, las ideas de “expertos” que, sin control social, han producido una nueva ética mundial laicista y alumbrado supuestos derechos que inmediatamente han de transformarse en normas jurídicas. Estos, no los de Biarritz, son los que están cambiando el mundo.

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