Columna de humo

José Manuel / Benítez Ariza

Fisonomías

T ODAVÍA se habla de la comparecencia televisiva del presidente del gobierno ante un grupo escogido de ciudadanos elegidos expresamente para la ocasión. Se discute la pertinencia de las preguntas de éstos o el contenido de las respuestas presidenciales. Pero a mí lo que me mantuvo atento al cansino desarrollo del ritual no fue ni lo uno ni lo otro, sino la fascinación que siempre ha ejercido sobre mí el mero despliegue de una serie más o menos amplia de fisonomías. Y más, cuando se afirmaba que las de los cien ciudadanos allí congregados representaban con toda exactitud la compleja variedad de la población española. Estudié esas cien caras con la máxima atención. No dudaba de que todos mis rasgos sociológicamente significativos debían de hallarse representados en esa respetable muestra. Efectivamente, entre esos ciudadanos los había varones, como yo; había no pocos cuarentones, imagino que aquejados de las mismas perplejidades y melancolías de uno; y los había, también, con estudios y profesión semejantes a los míos. Y aunque no vi a ninguno que se me pareciera físicamente, debo decir que los rasgos más propensos a figurar en mi posible caricatura -mi nariz, mis gafas, la perilla que luzco- estaban allí cumplidamente representados: había narices más que respetables, gafas muy leídas y, en el capítulo de los aditamentos capilares, una cumplida barbita desde la que salió, creo recordar, una muy malintencionada pregunta sobre la venta de armas españolas a países en conflicto… No había nada extraño en ello, por otra parte: todo el mundo sabe que en cualquier grupo humano lo bastante numeroso hay la suficiente variedad de rasgos como para que cualquiera de nosotros pueda reconocer alguno suyo, o tener la impresión de hallarse ante personas conocidas. Debo confesar que, mientras asistía a la citada comparecencia presidencial, me sentí a ratos víctima de ese error de percepción. Reconocía los esfuerzos del presidente por dirigirse, en la proporción debida, a los ciudadanos que tenían mi edad, mi profesión o mis intereses. Reconocía sus intentos de que ninguna de mis variables, digamos, sociológicas se viera desatendida. Pero, pese a todo, en ningún momento tuve la impresión de que se dirigiera a mí. No, en esa sala de despiece en la que había trozos de todos y cada uno de quienes integramos la nación española no estaba yo. Y puede que, estrictamente hablando, no estuvieran siquiera los allí convocados, ocultos y desfigurados por sus máscaras y disfraces de personas comunes. Y me dio pánico pensar que, en los días de elecciones, no fuésemos los ciudadanos los que acudiésemos a votar, sino esos pedazos de todos, de pronto congregados por no se sabe qué sortilegio y empeñados en reemplazarnos, que es en lo que se empeñan siempre los zombis y los fantasmas, incluidos los de la estadística..

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