La tribuna

Antonio Santana Gómez

Europa y el comercio mundial

La pregunta a la que intento dar contestación es la siguiente: ¿es conciliable el modo de vida europeo con un comercio mundializado?

Mi opinión (modesta, pero mía) es que no. Me explico: Europa, después de una revolución industrial, social y política intensa, se caracteriza por un sistema de vida que garantiza a sus ciudadanos una serie de ventajas comparativas con el resto de la humanidad y que, sintéticamente, pueden resumirse con el concepto Estado Social de Derecho: enseñanza y sanidad universales, jornada máxima, salario mínimo, salud laboral, vacaciones y descansos, protección económica ante la vejez, la enfermedad, el desempleo o la muerte, supervisión pública del cumplimiento de las normas sociales... En definitiva, todo un bagaje de medidas protectoras del ciudadano, ya como tal, ya como trabajador.

Y todo esto no es gratis; muy al contrario, cuesta, le cuesta al Estado, que debe sufragar una parte importante de estas medidas con cargo a los presupuestos públicos. Y le cuesta al sistema productivo en general que ve cómo sus productos llevan consigo un sobrecoste necesario para sufragar, al menos en parte, este modelo que garantiza la existencia de una amplia capa de población que, con una cierta seguridad en su presente y en su futuro, se convierte en consumidora de lo así producido. Se genera, así, un mercado que funciona correctamente si la demanda y -sobre todo- la oferta tienen su origen fundamental en el seno de un sistema político más o menos homogéneo en torno a los valores antes expuestos. No es ninguna casualidad que el modelo de Unión Europea se ha convertido en un modelo a imitar por los estados que, con independencia de su normalmente escasa capacidad económica, carecen de una base demográfica amplia para sus mercaderías,

El problema viene cuando lo que se consume no es lo que se produce en Europa, sino lo generado en otros ámbitos geográficos que, por no tener un modelo económico con los sobrecostes ya citados, pueden ofrecer mercancías a precios más baratos. Se da así la paradoja de que el ciudadano francés que compra un automóvil fabricado en el sudeste asiático quiere vivir a la europea pero con bienes y servicios a precios del tercer mundo.

Y eso, sencillamente, no puede ser: cada vez que un ciudadano de nuestro continente está adquiriendo, por su bajo precio, productos fabricados en, por ejemplo, África, en realidad está rechazando un determinado sistema de vida y trabajo, el que ha costado siglos de evolución hacia los más altos niveles de igualitarismo económico y social en la historia de la humanidad. Y está potenciando un modelo que se caracteriza por el abuso laboral, la desprotección social, la corrupción económica y, muy probablemente, el enriquecimiento de las empresas europeas que quieren ampliar su margen de ganancia sobre la base de adelgazar los costes laborales. El incidente último de la planta de Seat en Cataluña es bien significativo: si los trabajadores aprueban congelarse sus sueldos, a los directivos no les parece suficiente y piden, ahora al Estado, más ayudas directas. El objetivo es que el nuevo modelo Audi Q3 (en cutre se queda como se despisten) sea competitivo con un automóvil fabricado en Asia.

En definitiva, no tiene sentido mantener un sistema de comercio mundializado si no existe un mínimo consenso, igualmente global, sobre los costes de producción.

En caso contrario, de persistir la situación como hasta ahora, nos encontraremos con la desaparición, paulatina pero real, de este esquema de vida que es el europeo que, con sus imperfecciones y problemas, ha sido tradicionalmente concebido como el norte y guía de la evolución de la humanidad.

En efecto, ya hemos tenido atisbos de esa decadencia (la postulación de una semana laboral de 65 horas es otra muestra más), pero creo que todavía se está a tiempo de rectificar y darnos cuenta de que el objetivo no puede ser el producir al mismo coste que los indios o los chinos, porque entonces, trabajaremos y viviremos como ellos... ¿es eso lo que queremos?

Si no lo es, se impone la creación de una muralla defensiva en Europa respecto de una competencia económica incompatible con nuestro modo de vida. De lo contrario, los ciudadanos-trabajadores de la Unión Europea (la mayoría de la población) verán en dicha organización un obstáculo y no una oportunidad de mejorar sus vidas.

Con todo, este planteamiento hace surgir dos necesidades a las que habrá que dar oportuna satisfacción: la colaboración para el desarrollo del tercer mundo y la mejora de la eficiencia productiva interna que impida la relajación o el adocenamiento de los pueblos ricos, porque entonces nos engullirá la historia. Pero eso da para otro artículo, que aquí ya no cabe.

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