hoja de ruta

Ignacio Martínez

Estación Manuel Becerra

EL viernes ocurrió en Málaga un acontecimiento fuera del orden natural de las cosas. Un suceso trágico. Un periodista joven, fuerte, murió fulminado por un infarto en la redacción del diario Sur. Manuel Becerra tenía 44 años. Le conocí de una manera singular, hace más de diez años. En una comida con el alcalde de Málaga discutimos sobre la conveniencia de que el AVE llegara a Marbella. Él sostenía que era imprescindible que se proyectara esa obra y yo era contrario. Él tenía razón, pero consiguió que discrepáramos sin tensionar en absoluto la conversación.

Este oficio tiene sus servidumbres, y a veces los egos de alguno de nosotros hacen difícil la convivencia. Me pareció un profesional elegante, alejado de ese tipo de pavo real que uno ha visto circular por los escenarios de la profesión. Por decirlo en términos prácticos, le preocupaba más que sus lectores (o sus colegas) tuviésemos una cumplida información de lo que se iba a hacer o sobre lo que debería hacerse, antes que demostrarnos lo mucho que sabía. Manolo era especialista en infraestructuras. Hay quien pensaba que era ingeniero, por la didáctica de sus explicaciones. Profesión que sí tenía, sin embargo, un ministro de Fomento del XIX, con su mismo nombre y apellido.

La segunda escena que recuerdo de él es un reproche a un consejero de la Junta sobre el calendario anunciado de determinada obra y su flagrante incumplimiento. Esto es poco habitual. No el incumplimiento de los plazos, que es moneda corriente, sino el reproche al político de turno, que es infrecuente en las costumbres del periodismo patrio. El profesor Díaz Nosty acaba de presentar su última obra, El libro negro del periodismo en España, en la que subraya la excesiva cercanía de periodismo y poder en España.

En este capítulo, Manolo era de la escuela anglosajona. Recuerdo a un periodista británico, en la sala de prensa de la Comisión Europea, poner colorado a un comisario alemán que quiso hacer ese conocido chiste evasivo de "hoy no toca", ante una pregunta incómoda. Y el inglés le dijo que no le toleraba bromas, que mintió en fecha tal cuando prometió una cosa y que volvió a mentir en otro asunto y así sucesivamente hasta terminar exigiéndole una respuesta, que el comisario desembuchó de inmediato. Sin llegar a estos expeditivos métodos, que no iban con su carácter, Becerra era una rara avis en nuestra fauna profesional. Modesto, cortés, riguroso, exigente. Acompañó el proyecto y la obra del Metro de Málaga. Bien podría tener una estación con su nombre, lo mismo que su homónimo, el ingeniero de verdad, tiene plaza y estación en metropolitano madrileño.

Mis otros recuerdos son ya particulares, familiares, entrañables. Si la muerte es siempre un visitante inoportuno, esta vez se ha lucido alterando el orden natural de las cosas.

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