Desde mi cierro

Pedro Mª / González / Tuero

Aquellos Domingos de Ramos

DOMINGOS de Ramos que yo viví. Que todavía me vienen a la memoria cuando se acercan estos días tan especiales. Y los rememoré también al escuchar el pasado pregón de José Carlos Fernández. Conocedor pregonero de las entrañas de nuestra Semana Santa, que puso todo énfasis en destacar la labor del cofrade y todos sus sentimientos en el recuerdo de aquellos años de juventud y de ilusiones. Pregón magistral y excelente de alguien que sabe y que domina este bendito arte. Precioso discurso que me llevó por aquellos derroteros de entonces. Al barrio pastoreño o del Cristo, tan queridos. O, a los Domingos de Ramos de preparativos y de olor a flores en la antigua parroquia. Cuando desde muy temprano, en la mañana del mismo Domingo, el paso de mis Afligidos era trasladado desde el almacén, allá abajo, casi en Fadricas, a la iglesia. Todo era trasiego y prisas controladas ante el inminente Lunes Santo. Emergencias y últimas horas que imponía la pequeñez de la parroquia y las órdenes del párroco. Pero allí estábamos todos, con Pepe Macías el primero en nervios y en disposiciones, junto a otros mayores que, desde aquella óptica de los dieciséis años, así nos parecían: los Armando, Marcelo, Torti, el Guti, Tolín, Rosano, Barrios, los hermanos Vieyte… y los niños que, desde su mayoría de edad, así nos veían: Leal, Piña, Lagarde, Beduarz, Antonio Román, César, Coronillas, Según…; cuando aprovechando algún resquicio en el tiempo, algunos nos escapábamos hacia la calle Real para ver a Columnas y Medinaceli, y de paso paliquear un ratito con aquella niña de nuestros sueños, fuese novia informal o pretendienta, o, nos acercábamos a La Pastora para contemplar de cerca el paso de Misericordia, ya preparado.

Domingos de Ramos primaverales que fomentaban el amor y adornaban con sus olores los sentimientos ilusionados de esos pocos años. Y allí, mientras, en la parroquia quedaban los que con esmero y solemne delicadeza colocaban los rojos claveles sobre el paso, ante la mirada del Cristo que ya reposaba su mano sobre el hombro de su Madre. Labor difícil y pesada la de instalar las baterías bajo el paso, Carlos Vez era siempre su encargado. Sin olvidarme de Antonio, el sacristán, que con las llaves del portalón de la iglesia en ristre, también participaba en estos preparativos de vísperas. O, la disposición de la tarima para salvar el leve escalón o el pésimo estado del terreno cercano. Personas y momentos de los que tanto aprendí, y sigo recordando.

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