La cornucopia

Gonzalo Figueroa

Democracia prepotente

EL que abusa de su poder es un prepotente. Y en nuestra democracia no faltan los propensos al atropello de sus normas. Pero, como ocurre con las conductas humanas pretendidamente ingeniosas, tienden a favorecer una calificación tolerante por parte del juicio popular, que premia al abusón por su ingenio, apoyándose en la poca envergadura ciudadana que atribuye a sus víctimas. Y otra forma de disminuir su culpa es sacando a colación lo que, comparativamente, pasa en otras latitudes, donde el vandalismo político alcanza extremos bochornosos.

Zimbabue es, entre los países que incumplen los principios que informan una política limpia, un ejemplo antológico de grosera manipulación. Después de 28 largos años de gobierno, un Robert Mugabe aclamado en sus comienzos como el salvador de la patria, se ha transformado con el tiempo en un dictador arbitrario y cruel. Corresponsales de distintos medios españoles, como Pere Rusiñol y Eva Krafczyk, nos muestran un panorama terrorífico: inflación galopante que alcanza porcentajes de seis y más cifras; escuelas sin maestros, hospitales colapsados sin personal médico, con una esperanza de vida media de 35 años, y ello en medio de hambrunas y violencia generalizadas, con unas recientes elecciones marcadas por el fraude, que indujeron al líder opositor a retirarse y pedir asilo diplomático.

En este último período de la historia española, se supone que, afortunadamente, tales desmanes no se cometen, debiendo sentirnos orgullosos de una evolución que cada día aleja con más certeza el recuerdo de la odiosa dictadura franquista.

Pero, ¿es verdaderamente así? No está muy claro, porque, aquí y allá, se van conociendo hechos vergonzantes que conviene mostrar para extirparlos drásticamente. Hace pocos días, la prensa nos informó que en Baeza, Jaén, con ocasión de las últimas elecciones municipales, numerosos dirigentes del PP pretendieron organizar una trama para conseguir votos de los ancianos de una residencia con la ayuda de la directora de ésta, utilizando los carnés de identidad de una veintena de residentes para efectuar el voto por correo, falsificando certificados médicos ad hoc. Y por esas mismas fechas, concejales socialistas de Carboneras, Almería, fueron sorprendidos cuando intentaban tirar a la basura una bolsa con los votos por correo de 40 vecinos, correspondientes a papeletas de todos los partidos, salvo las del PSOE.

Parecen buenos argumentos para comedias de Jardiel Poncela o Muñoz Seca, pero analizados bajo el prisma contemporáneo europeo, resultan deprimentes. En ambos casos los urdidores fracasaron, pero estamparon una imagen digna del Zimbabue de Mugabe.

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