ALGUNO de los famosos viajeros románticos que recorrieron España con más entusiasmo que acierto lo dejó escrito: no hay nada que guste tanto a los españoles como una buena discusión. El asunto es lo de menos. Basta cualquier pretexto para que haya división de opiniones, bronca y enfrentamiento.

Aquí se debate todo, y eso no tiene por qué ser necesariamente negativo, aunque más nos valdría que hubiera al menos una coincidencia general en ciertas cuestiones sobre las que se asienta la convivencia civilizada. Pero lo peor no es que se debatan cosas que ninguna sociedad desarrollada somete a controversia. Lo peor es el tono en que se cuestionan. Un tono gritón, visceral, faltón, irrespetuoso e insultante.

Hace tiempo que los españoles hemos vaciado de sentido el concepto de debate. En teoría el debate es un intercambio de razonamientos contrapuestos, una esgrima de argumentaciones que chocan con un objetivo: arrojar luz sobre un asunto. Cada participante expone sus puntos de vista y trata de convencer al adversario con la sola fuerza de su raciocinio y sus fundamentos. Pero, amigos, aquí nadie quiere ser convencido, todos persiguen convencer al otro y, mejor aún, imponerse a él.

Los debates en España se hacen desde trincheras en las que cada cual se guarece para protegerse de los demás. Y no se admiten las medias tintas. O blanco o negro es la consigna. O conmigo o contra mí es la fórmula. Aquellos que piensan que la realidad está llena de matices y complejidades van de cráneo. Pasan por tibios a los ojos de la mayoría, siempre adicta a certezas inconmovibles y a ortodoxias instaladas desde el prejuicio.

Hay un exceso de intransigencia. Con una agravante: los intransigentes se las apañan para hacerse oír porque son más ruidosos y están siempre con la escopeta cargada, acechando la más mínima oportunidad de retratarse. Internet ha sido un arma fundamental para su causa. Permite respuestas rápidas, baratas y contundentes, y su anonimato liquida las cortapisas y cautelas que una conversación normal les impondría. Internet es el paraíso del fanático y del insultador vocacional. Una autopista para la información, sí, pero también para la agresión cobarde y sin consecuencias. Más de una vez, cuando escribes tus razones y esperas críticas también razonadas y educadas, lo que encuentras son dicterios, provocaciones, manipulaciones, injurias y escupitajos dialécticos.

Se ve que aquí la Inquisición hizo mucho daño. Ahora ya no se puede torturar al discrepante ni exiliar al heterodoxo. Los torquemadas de hoy se limitan a denostar a quien disiente con una agresividad que a veces debería ser puesta en manos de la psiquiatría.

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