La ciudad y los días

carlos / colón

Cosas de una tarde de lluvia

LA felicidad nos hace guiños que no solemos atender. No me refiero al paño sin cortar de la felicidad común a todos -el estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien; la satisfacción, el gusto o el contento- sino al corte que le damos para adaptarlo a nuestras hechuras como un traje cómodo, que no quede grotescamente grande o incómodamente pequeño. La felicidad a la medida de cada uno de nosotros, vaya; porque la naturaleza de ese bien en cuya posesión se complace nuestro ánimo varía de unas sensibilidades a otras; y las cosas más distintas, y hasta contradictorias, pueden procurar a cada cual satisfacción, gusto o contento.

Esta felicidad a la medida, que se adapta como un traje de O'Kean a nuestro carácter, que se ajusta a nuestras más verdaderas e íntimas expectativas como un guante de Pino, nos hace guiños, nos silba, nos indica el camino que conduce a lo que verdaderamente deseamos. Pero tenemos la mala costumbre de no hacerle caso. O de hacerlo demasiado tarde.

Esta tarde gris de lluvia ladrona de atardeceres de Cuaresma, buscando un libro, he dado con mis viejas y modestas novelitas de Sherlock Holmes. Selecciones de Biblioteca Oro de la Editorial Molino. Portada del magnífico ilustrador Noiquet. Traducción canónica tomada de la que Armando Lázaro Ros realizó de la obra completa de Conan Doyle en 1953. Son novelitas de quiosco -aunque también se vendían en librerías- que adoptaban el formato más popular de Molino, el que permanecerá para siempre asociado a Agatha Christie.

Otra tarde de lluvia de un marzo de hace muchísimos años di con la primera de estas novelas en mi quiosco de Nervión (con los quioscos y los quiosqueros ha existido siempre una relación de amistad y complicidad basada en breves charlas diarias que autorizan el uso del posesivo). La leí de un tirón encerrado en el círculo de luz de la lámpara, encendida desde muy temprano a causa de la inusual oscuridad de aquella antipática tarde de marzo en la que, sirviéndose de Holmes, la felicidad me hizo uno de esos guiños a los que siempre deberíamos prestar atención.

Casi cincuenta años han pasado desde entonces. Devuelvo a su lugar el anciano librito de lomo arrugado y páginas amarillas. Se oscurece la tarde. Cae una lluvia breve y furiosa. Se deslizan las gruesas gotas por los cristales. Recuerdo a Pascal: "La desgracia del género humano consiste en que el hombre es incapaz de quedarse quieto en una habitación".

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