puente de ureña

Rafael / Duarte

Calle Real

SALGO al deambule y al fisgoneo, sí, pero no a la murmuración, de mur, ratón, o sea, libros, escaparates, calles, cierros. Sí. Aunque conozco a un aeda hagiorecitador que odia, y llama poetas de telediario, a los que hablan del tiempo, de las nubes, y aires, no me resisto a no mirarlas, y las veo pasar con sus plumones angelicales, tornasolados, irisados, espumeantes, difuminadas almas de las rosas sin almendros de plata, ejem. (con permiso de Hernández).

Y, sigo observándolas, ahora, un algo emborregadas para inmediatas, aparecer con su altivez de viejos murallones acantilados con lluvia, amortajando el blanco con el gris, cuando las gotas bajan, cuatro gotas, y la calle no pierde ni tránsito ni personas.

Paseo con Pepe Chamorro que viene diciéndome que la poesía es una infracción del lenguaje común y que la retórica es el cementerio de las ideas y que hay poetas alibantes y jóvenes, viejos y zombies.

Cuanta razón, señor, ahora que la poesía está más devaluada que la peseta, o la palabra lealtad, o… Hablamos de Víctor Hugo, el romántico ultramontano, exiliado de Francia, pasado de moda hasta cuando vivía, y en cuya necrológica el periódico la Croix afirmaba que Hugo estaba loco desde hacía treinta años.

Chamorro recita, sana memoria ubérrima, el versículo profético de Hugo: Un hombre ha muerto, la injuria no suelta su presa por tan poca cosa. El odio se come su cadáver.

Parece isleño Hugo, digo, aquí no es que nadie sea malo o bueno, es que según y qué según, casi todo el mundo es peor. Nos quedamos callados. La reflexión da para poetas muertos y moribundos, para escritores oscilantes pero con ganas de figurar, "o sea" para poetas comburentes y combustibles y prosistas desclasificados. Pepe opina, pascaliano, que quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Entonces es cuando llegamos en el paseo con semilluvia y medio set de nubes a las inmediaciones del mercado central. Empieza a llover con más intensidad. El cielo es una nube inmensa y ténebre como una tortilla prensada. Pasa gente huidiza, gente mal vestida, mal afeitada, despeinada. Todos con gorra rapera, con chándal, con mochila, con leggings, con pitillos, top, plumas, pelo teñido, corazas exteriores a juego con la tristeza abierta en los ojos opacos condenados al suelo. Ojos zombis, sin Halloween, como algunos egregios. Tiempo de tiempos. Mejor seguir recitando a Hugo, la belleza y la muerte son dos cosas profundas, dice Pepe Chamorro. Hoy nadie sabe morir ni ser bello. Y respondo pensando en alta voz: El odio es el único afecto duradero. Las nubes son intemporales. Y el cielo, protector.

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