calle ancha

José Ramón del Río

Calle Ancha II

La calle Ancha se denominó durante muchos años Duque de Tetuán, título creado en 1860 por la Reina Isabel II a favor del general Leopoldo O´Donnell, quien en la guerra hispano marroquí conquistó para España la Plaza de Tetuán. El nombre permaneció en el callejero hasta el advenimiento de la democracia, recuperándose la antigua denominación de calle Ancha, no se sabe muy bien si por confundirlo con un militar franquista o sencillamente, por ser un militar. En algún lugar he leído que el nomenclátor callejero no se decidía por los ayuntamientos, sino que era tarea de los vecinos, lo que justifica la abundancia de nombres tales como Ancha, Larga, Nueva, que se repiten en ciudades y pueblos de España.

Ya escribí que en tiempos de las Cortes de Cádiz, en la calle Ancha estaban las tiendas mejores de la ciudad, mientras que hoy otras calles se llevan la palma. En los años cuarenta, empezando por el norte de la calle Ancha (gracias al nuevo puente sabemos que el norte de Cádiz está por la Alameda y el sur, por la playa), se abrió la heladería italiana que (g.a D.)permanece. No así el Orcha bar, situado justo enfrente. Pasando la calle de San José estaba la farmacia de Céspedes y en la acera contraria el bar Liba, también felizmente abierto. A continuación del Liba, la tienda del Siglo y contiguos a la farmacia y a esta tienda del Siglo, varios casinos, como el Militar, el Ateneo y el Círculo Mercantil. Dicen que con la proliferación de casinos comenzó el declive comercial de la calle Ancha, porque la damas gaditanas se sentían incómodas teniendo que pasar delante de tantos caballeros sentados en la acera. Luego uno de estos casinos, el Mercantil, dio paso al primer centro comercial de importancia de Cádiz, que fue Galerías Preciados. Antes, en ese local hubo un supermercado. El Comedor Vasco, que despertaba con el aroma de sus guisos los apetitos de los gaditanos, más bien hambrientos, allá por los años cuarenta del siglo pasado. Hubo también una peluquería que rivalizaba con la de la Plaza de Mina y una tienda de periódicos, que regentaba Matilde. Ya en los años cincuenta la cafetería de La Camelia, junto al limpiabotas donde se lustraba los zapatos, el joyero Ascorbe. La relojería de Carlos Tehn y por la otra acera la tienda de óptica de Malet "al servicio de usted". Y antes de llegar a Viena, el salón de té donde recalaban las mantillas y sus acompañantes el Jueves Santo, otra tienda de tejidos de la familia Lluch.

Antonio Burgos escribía el otro día que con las franquicias todas las ciudades parecen clonadas, sin personalidad en sus establecimientos, lo que no ocurre en Londres. Pero son las franquicias las que mantienen el comercio y a los propietarios.

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