soledad Porras

Cádiz y los viajeros italianos del siglo XIX

Antonio Conca, Adolfo Foresta, Elena Mario, Gustavo Straforello, Cesare Imperiale y Edmondo de Amicis nos devuelven una imagen idílica y deslumbrante de la ciudad

El tema del viaje es uno de los grandes motivos de la cultura literaria universal que transciende la dinámica de los acontecimientos narrados y es que el viaje constituye un testimonio sin ambición literaria. Se trata de testimonios de gran interés histórico y antropológico, así como una fuente histobiográfica. La nostalgia de lo lejano, de lo desconocido, impulsa a la humanidad a ponerse en contacto con otras gentes, otras culturas, otros comportamientos. Desde la más remota antigüedad existen los manuales de viajes. Los griegos tuvieron sus periploi o crónicas de navegación y los latinos sus itinerarii. En la Edad Media las peregrinaciones a Roma, Santiago y Constantinopla irán fijando un nuevo modo de viajar. En la literatura medieval europea encontramos a Tristán e Isolda y los Caballeros de la Tabla Redonda, todos en busca del Santo Grial. El siglo XVIII representa un cambio del concepto de viaje, se impone la noción del viaje útil. El Siglo de las Luces hace del viaje, como de la lectura, un método de aprendizaje.

En el siglo XIX los viajeros italianos que vienen a España tienen preferencia por Andalucía, el carácter polimórfico de esta tierra mezcla de culturas de Oriente y Occidente atraía siempre al viajero y Cádiz supuso meta obligada.

Antonio Conca nos deja en 1797 en su obra Descrizione della Spagna sus impresiones de Cádiz: "La perspectiva de la ciudad, desde el puerto, el imponente océano, el paseo que encontramos antes de llegar a los baluartes, los jardines, los huertos, los cafés, los salones de juego y diversión, y tantas otras cosas, hacen que los alrededores de Cádiz contribuyan a hacer el viaje ameno. Todo ello indica que se llega a una ciudad rica, dedicada al comercio, abundante en flores y plantas como ninguna otra ciudad europea. La estancia en la ciudad es tan agradable que anula la creencia de los franceses de que fuera de su patria no se puede hacer otra cosa sino vegetar. Amabilidad de trato y gran acogida. La maravilla de Cádiz está en sus calles, árboles y coches de caballos. Las calles muy largas, limpias y bien pavimentadas, destaca la Plaza de San Antonio magníficamente empedrada y muy limpia, parece un salón para conversar. El mercado de abastos está bien surtido, todo se vende y los comerciantes obtienen grandes beneficios. Hay pocas ciudades en que el dinero corra más que en Cádiz".

Adolfo Foresta, importante figura del Risorgimento nos deja su obra La Spagna en 1879. El Diario de Cádiz la consideró una obra importante y recomendó su lectura por considerarla instructiva. El ambiente popular es descrito con gran maestría: corridas de toros, folklore, casinos, salones sociales, cafés, mercados y gastronomía son descritos bajo la firma del color local. La agricultura, la industria, el comercio, la administración pública y el régimen político se observan con precisión. Durante todo el viaje estuvo acompañado por el cónsul italiano Silvio Carcano. El viaje lo realiza de Málaga a Cádiz a través de una peligrosa carretera hasta Gibraltar desde donde se debe continuar a pie, en mulo o a caballo por no existir carretera. Continua en la nave Adriano hacia Conil donde describe la pesca del atún. Para él, Cádiz simboliza un gran cisne con las alas desplegadas o un navío anclado en medio del mar.

La única mujer que viene a España en esta época es Elena Mario quien deja las impresiones de su viaje en Ricordi di un viaggio in Spagna, en 1882. Sus ojos de mujer se fijan sobre todo en los escaparates de las tiendas destacando lo bien surtidas que estaban las farmacias. Realiza un estudio sobre la producción de la sal y de las salinas.

Su llegada por mar es descrita como el momento en el que el sol reflejaba en las aguas tranquilas del mar, un cielo sereno tras las grandes pirámides de sal. Altas torres en la catedral sobrepasando los tejados, los muros de las fortificaciones también blancos se alargaban hasta el azul del mar. Cádiz la ciudad más limpia de España. Por doquier hombres que cargaban sobre sus hombros recipientes de hojalata y vasos relucientes donde se ofrecía agua.

Gustavo Straforello es el autor de Una Corsa in Spagna, 1884. Se ocupa detenidamente de la elaboración del vino y la vendimia, producción y precios del mismo. Como hecho desagradable a la vez que curioso, la agresiva pelea de gallos.

Cesare Imperiale di Sant'Angelo es el autor de Una Crociera nel Yacht Sfinge. Spagna e Marocco, 1892. El viaje se realiza en vapor desde Sevilla empleando alrededor de diez horas en llegar a Cádiz. Las orillas del Guadalquivir carecen de interés, soportando un gran calor. Destaca la descripción de una corrida de toros, asistiendo al debut victorioso del hermano del famoso Mazzantini. Sintió gran placer paseando por la Alameda y asistiendo a representaciones teatrales que le entusiasmaron valorándolas favorablemente con un interés superior a las italianas.

Edmondo de Amicis, importante personalidad italiana, es entre otras cosas autor de un interesante libro de viajes, La Spagna, 1873. Llega con el único deseo de enviar al periódico La Nazione de Florencia, crónicas de su viaje, interesado por conocer las vivencias de un pueblo que ha elegido rey a un italiano, Amadeo de Saboya.

Cádiz constituyó la última etapa de su viaje, la ciudad le ofrece un espectáculo grandioso: se intercambiaban poesía, pintura y música. Ni Tiziano con su gama de colores, ni Rossini con la fuerza de su música podrían describir nada igual. Cádiz parece una isla desierta, una colina cubierta de nieve destacando sobre un cielo berilo y turquesa. Campanarios, perfiles de casas, embocaduras de calles, todo era blanco. La palabra Cádiz la escribe con lápiz blanco y papel azul. Es un delicioso capricho humano. Las casas poseen un gran número de ventanales, igual que en Burgos, entre una casa y otra, ramas de elegantes palmeras, abundante vegetación y mucho verde.

La descripción de la catedral es perfecta con los bellos cuadros de Murillo y Zurbarán. En sus paseos vespertinos disfruta con las bellas y elegantes mujeres. Según afirma, no podía imaginar que fuera tan alegre una ciudad que sufrió un incendio de parte de los ingleses en el siglo XV, bombardeada a fines del siglo XVIII, huésped de la flota de Trafalgar y sede de la Junta Revolucionaria durante la Guerra de la Independencia, precursora de la revolución que expulsó del trono a los Borbones y la primera en lanzar un grito de guerra. Ahora Cádiz yace inerte, solitaria, tal vez esperando en vano los navíos que un día arribaron al puerto felices depositando en ella los tributos del Nuevo Mundo.

Nos parece que esta Cádiz única sedujo a los viajeros porque tiene el sabor de Acre, la posición de Bizancio y la belleza de Gallipolis. Cádiz parece eterna y deslumbrante de claridad con sus torres y atalayas, silencios que asoman hacia la bahía y permiten hacer un paréntesis en la vida cotidiana, contemplando ese azul sólo de Cádiz.

Libros, caminos y vida dan la sabiduría.

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