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Alberto Grimaldi
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DESDE Felipe V, el primer Borbón español, buena parte de los reyes de dicha dinastía han visitado Cádiz. De todos ellos, tal vez sea Fernando VII quien más tiempo pasó en la ciudad, concretamente desde el 15 de junio al 30 de septiembre de 1823. Lo hizo prácticamente prisionero de su propio gobierno constitucional y alojándose en el Palacio de la Aduana, actual edificio de la Diputación Provincial.
Menos conocida, tal vez, sea la llegada a Cádiz de la futura reina de España, María Isabel de Portugal, y de su hermana, la princesa María Francisca de Asís, para casarse respectivamente con Fernando VII y su hermano, el infante Don Carlos, acontecimiento del que se cumplen ahora doscientos años. Se da la curiosa circunstancia de que ambas eran precisamente sobrinas del propio Rey, hijas de su hermana, la infanta Carlota Joaquina, que estaba casada con Juan VI de Portugal. A tal efecto, el 4 de septiembre de 1816 aparecieron a la vista de los gaditanos el navío San Sebastián de la armada portuguesa, procedente de Río de Janeiro tras 62 días de travesía, y la fragata española Soledad. Venían, pues, de Brasil donde la casa real portuguesa de Braganza se había refugiado en 1807 ante la invasión napoleónica. No desembarcaron directamente sino que el día 5, a bordo del San Sebastián y actuando el Duque del Infantado como plenipotenciario nombrado para tal ocasión, tuvieron lugar los desposorios por poderes. Desde ese mismo día la ciudad se volcó con ellas de forma entusiasta en una visita que duró seis días, tal y como refleja la documentación de la época, especialmente la prensa gaditana, llegando el Diario Mercantil a dedicar un suplemento especial el día 13 a este acontecimiento. También, el propio Ayuntamiento gaditano publicó, editada en la imprenta de Nicolás Gómez de Requena, una amplia memoria que recogía con especial lujo de detalles dicha visita regia.
Una vez en tierra, inmediatamente se dirigieron a la Catedral donde se entonó un solemne Te Deum, a propósito del cual la prensa nos dice que los gaditanos se apresuraron a ser los conductores de tan altos personajes, pues "quitando los caballos del coche las condujeron por medio de la tropa que estaba formada en la carrera por la Plaza de San Juan de Dios, calle Pelota y plazuela de las Tablas donde recibió a S.M. el Ilmo. Sr. Obispo y el Cabildo bajo palio".
Se alojaron en la plaza de San Antonio, en la casa palacio de Dolores Sánchez, viuda del coronel Antonio Lavalle (actual sede de la Universidad a Distancia), que se enlució y pintó tanto interior como exteriormente, y desde donde "tuvieron la bondad de asomarse varias ocasiones al balcón a llenar los deseos del pueblo que ansiaba por su vista". Varios besamanos, animados festejos y agasajos por doquier presidieron aquellas jornadas, que incluían luminarias por las calles y la disposición de dos tablaos en la plaza de San Antonio y la Alameda en los que se ofrecieron conciertos. También se celebró una función de teatro en la que, una vez concluida, pasaron a saludar a los actores y una corrida de toros a la que no faltaron los diestros locales José García 'El Platero' y Francisco Ezpeleta. Todo ello, a pesar de que la economía gaditana atravesaba por una gran crisis a causa no solo de la pasada guerra, sino de las más que adversas consecuencias derivadas de los conatos independentistas en Hispanoamérica, hasta tal punto que en su solemne discurso de recepción el gobernador de la ciudad, Marqués de Castelldosrius, grande de España y mariscal de campo, aprovechó la ocasión para pedir urgentes medidas "a fin de evitar la ruina de este desgraciadísimo comercio".
Tales fueron las numerosas atenciones, que la Reina y su hermana la infanta no pudieron menos que manifestar sus reparos por los excesivos dispendios, dando por dos veces las gracias al municipio y pidiendo que cesasen aquellos. Incluso se acuñó una medalla conmemorativa (tamaño medio peso fuerte) con las efigies de perfil de Fernando VII, uniforme de almirante con cuello alzado, y de Isabel de Braganza en el anverso y el escudo de Cádiz en el reverso, diseñada por el afamado grabador Félix Sagau y Dalmau, que en 1812 había realizado otra con motivo de la promulgación de la Constitución. Cuando se despidió del Ayuntamiento dijo: "Voy muy reconocida a los obsequios que he debido a todo el pueblo y le pido que continúe queriéndome". El Diario Mercantil, siempre en el tono áulico que empleó en sus crónicas, llegó a publicar un himno cuyo estribillo decía así: "¡Oh que augustos enlaces! / ¡Oh que anuncios de bien! / ¡ De Carlos es María! / ¡ De Fernando es Isabel!".
El día 11, a las ocho de la mañana, entre salvas de artillería y repiques de campanas, salió la comitiva regia de Cádiz rumbo a San Fernando camino ya de Madrid, siendo acompañada por las autoridades gaditanas hasta el río Arillo.
Días después, el Rey, muy agradecido por todas esas muestras de entusiasmo, decidió conceder a Cádiz por Real Decreto de 30 de septiembre el título de Muy Heroica, aunque este gesto, en el fondo, suponía, como recalcó el propio Fernando VII, un reconocimiento al sitio de Cádiz frente a los franceses en la Guerra de la Independencia. Como quiera que el Ayuntamiento le pidiera, a fin de perpetuar la memoria de dicha visita, el uso de una cruz para todos los concejales presentes pero también futuros, Fernando VII se limitó a otorgar esta concesión con carácter vitalicio solo a los munícipes del momento. La condecoración se llamó La Real Cruz de Honor Capitular de Cádiz y consistía en una cruz coronada, muy parecida en su forma y dimensiones a la de Malta, con esmalte azul celeste y un óvalo en el centro con los bustos de ambos monarcas. En el reverso la siguiente inscripción: "En honor del Ayuntamiento de Cádiz por sus amados soberanos, año de 1816". Por su parte, el Real Tribunal del Consulado de la ciudad en conmemoración de esta doble boda real erigió un obelisco en el centro de la plaza de San Antonio, aunque ya se había levantado el 14 de mayo anterior con motivo de la firma de las capitulaciones matrimoniales. El 10 de octubre el Ayuntamiento por acuerdo plenario fijó en su fachada la siguiente inscripción: "CASAS CONSISTORIALES DE LA MUY NOBLE, MUY LEAL Y MUY HEROICA CIUDAD DE CADIZ".
En cuanto al futuro de aquel matrimonio, digamos que no fue nada halagüeño. La reina María Isabel, segunda esposa del Rey, aunque de gran cultura (fue la principal inspiradora del Museo del Prado) era poco agraciada físicamente y pronto por las calles de Madrid se oyó aquello de "fea, pobre y portuguesa ¡chúpate esa!". Murió a los veintiún años de un parto muy complicado a finales de 1819.
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