PUES parece que quien se la juega este año a cara de perro es el bipartidismo. Todo apunta a que en las próximas elecciones habrá que vérselas con nuevos partidos dispuestos a gobernar mucho más allá del pacto, desde los ayuntamientos hasta la Moncloa. Hasta ahora, los dos grandes partidos patrios se han limitado a reaccionar apelando al miedo, lo que no deja de corresponder a cierta tradición de la política española. Rajoy recuperó recientemente un argumento fetén al que ya ha echado mano en más de una ocasión: el bipartidismo es un modelo ampliamente asumido en países estables y fuertes; por tanto, concluye el presidente, aceptando la falacia ad hoc, cualquier otro sistema está abocado al desastre. Pero si hace un año se hablaba de la desafección de los ciudadanos hacia la política, el tiempo ha demostrado que el desapego iba dirigido únicamente al PSOE por no haber sabido gestionar la crisis y al PP por empeñarse en resolverla a base de multiplicar los desequilibrios y empobrecer a la sociedad (eliminar el impuesto de matriculación de los yates de lujo es una forma de hacer país como otra cualquiera); así como a IU, que conste, por renunciar a lo que se esperaba de sus siglas.

¿Será España, por tanto, un país más débil sin bipartidismo? El tiempo lo dirá. Pero el ping-pong no es de por sí una garantía de estabilidad. Los países con un eje dual bien arraigado no son más inmunes a la crisis: en todo caso, lo que sí les caracteriza, por más que asienten sus territorios en dispositivos federales, es una conciencia nacional de la que carece España; y no me refiero al orgullo primario que insta a sacar pecho en el desfile (Dios me libre), sino a una noción de responsabilidad. Al pobrecito español sólo le quedan dos opciones para compartir una cultura nacional: la nostalgia del rancio acuartelamiento franquista abonada por el PP o el cable lanzado a los nacionalismos regionales, injustos, insolidarios y totalitarios, a cuya hegemonía han contribuido tanto la izquierda (sí, incluyan al PSOE y a IU: y he aquí un caso incomprensible y único en Europa) como la derecha (recuerden quién hablaba catalán en la intimidad).

Y es que ninguno de los partidos que ha gobernado España desde el 77 se ha preocupado por hacer ver a los votantes que son ellos quienes gobiernan y que el país es cosa suya. Al contrario, siempre se les ha hecho sentir como intrusos. Y si al final la democracia consiste en la compraventa de mercancía, cada cual velará por la salud de su negocio. Los caraduras del bipartidismo confiaban en que el camelo sería suficiente, pero no. Había que hacer política.

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