En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
LA razón sólo tiene un camino: el sentido común. Es para mí un orgullo y una enorme alegría sumarme -desde esta distancia obligada-, al acto del nombramiento de Ángel Angulo Fernández como hijo adoptivo de El Puerto, por lo mucho que tiene de emoción, de satisfacción y de justicia. Me unen a él multitud de hilos conductores y una sólida amistad.
Conozco al Padre Angulo desde que en los albores del verano de 1971 llegase a nuestra ciudad y se instalase en una de las casitas de los maestros en las inmediaciones de la Rotonda de La Puntilla. Y es que la casa de mis padres linda con esa otra que ha servido, hasta hace poco, de refugio y convento de los padres franciscanos que llegaban a nuestra ciudad para ejercer su magisterio entre nosotros. Desde el patio de mi casa observaba, cuando apenas contaba con 13 años, a ese joven vasco que miren ustedes por donde se convertiría con el tiempo en mi maestro, mi consejero, mi padre y mi amigo.
Además de admiración, la definición etimológica de la palabra amistad viene al pelo: "del latín amicita, significa afecto mutuo, desinteresado y recíproco". Y eso es lo que siento, cuando escribo -con cierto nerviosismo- estas líneas desde mi atalaya madrileña.
Decía Platón que la amistad es el principio del valor y de todas las virtudes. Y Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologica, afirmaba que "el cristianismo hará su aportación a un concepto de amistad en el que el amigo quiere a su amigo y lo respeta compartiendo con él las alegrías y las penas".
Cuando escribo estas líneas me encuentro triste por no poder acompañar al Padre Angulo, aunque plenamente satisfecho porque con el acto de hoy la ciudad de El Puerto hace justicia con un hombre de bien. Con un ser humano ejemplar, que ha sabido llevar a sus manifestaciones vitales los sabores y los sinsabores de una ciudad como la nuestra.
Nuestro hijo adoptivo contribuye, con un legado difícil de igualar, a que las generaciones de jóvenes portuenses que lo conocieron y trataron se encuentren ávidos por expresar lo que sienten y lo que viven y por avanzar por un camino honorable y solidario.
Al Padre Angulo, hoy El Puerto entero le devuelve sólo una parte de lo mucho que ha dado. Como es él, callado y prudente, sabrá paladear cuando deambule por esta ciudad que lo acogió y lo quiere, las consecuencias de un trabajo bien hecho, de una labor escrupulosamente realizada de un apostolado inigualable.
Ante la imposibilidad de estar ahí con ustedes amigos del Padre Angulo, me sumo con todas las fuerzas de mis entrañas a este merecido, sentido y justo homenaje en la seguridad de que El Puerto hace justicia con un hombre honesto y cabal por encima de cualquier otra consideración.
Gracias amigo por ese afecto personal, puro y desinteresado -creo que recíproco- que un buen día nació y se fortaleció con el trato. Como sabes bien (Prv.27:8): "el aceite y el perfume alegran el corazón y la dulzura de un amigo consuela el alma".
Recibe un fuerte abrazo con estas reflexiones de Lope de Vega:¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?/¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/que a mi puerta, cubierto de rocío,/pasas las noches del invierno oscuras? Enhorabuena amigo.
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