ANTES, no hace mucho, el centro de El Puerto era mi segunda casa pero un nuevo destino laboral ha propiciado que 'bajar' al centro se asemeje cada vez más a una escapada turística. La otrora cotidianidad a la que estaba acostumbrada mi mirada se ha tornado en una persistente alerta ante cualquier cambio, por nimio que sea.

Lo comprobé hace pocos días cuando caminaba por la calle Luna. Instintivamente paré al notar que algo no era igual. La mirada se dirigió hacia un pequeño local que no medía más de dos por dos y que se había llevado varios años cerrado. Ya no estaba aquella añeja barbería sino que ahora las vetustas vitrinas con tijeras afiladas y cuchillas desechables habían sido sustituidas por máquinas expendoras de bebidas carbonatadas, patatas con grasas saturadas y sándwiches precocinados.

Antes, aquel lugar desprendía la solera de los negocios de toda la vida. A su frente estaba un señor, ya mayor cuando le conocí, con carácter aunque bonachón que siempre me hacía el mismo comentario con su voz ronca cuando las tijeras daban la primera pasada: "Te puedo quitar, pero no poner". Nunca le pregunté cómo se llamaba y las conversaciones que mantuvimos se limitaron a banalidades de la actualidad deportiva y de la climatología, pero aquel pequeño local formaba parte del itinerario que hice diariamente durante años y era parada obligatoria cuando así lo requería la cabellera.

Inmediatamente después recordé a otro habitual del pasado. Era un aparcacoches apodado 'Melli' que siempre me recibía con una sonrisa cuando dejaba el coche en la explanada de la antigua Comandancia de Marina. Siempre atento y amable, se afanaba por guardarme un sitio en torno a mi hora habitual de llegada. "Hoy has venido más tarde", comentaba el día que me retrasaba en mis obligaciones laborales por causas confesables o no.

Un día, ambos, dejaron de formar parte de mi paisaje diario para pasar al universo de los recuerdos. En él, hay un lugar especial para estos dos 'amigachos'.

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