Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
A HORA sí que va a haber Semana Santa. La que todos conocemos porque sin pasos ni gente no es Semana Santa. Este año estrenaremos lo que siempre fue. La celebración explosiva y bulliciosa de la muerte más importante de la historia, tanto que el tiempo se mide, para todos, con el antes y el después de Cristo, tanto que no hay nada que haya generado a lo largo de los siglos más reflexión, más incertidumbre, más arte e interpretaciones, más interés, más negación.
Reconozco que lo que mayor disfrute me produce de la Semana Santa es poder mirar. Tanto o más que sentarme en la playa a ver pasar cuerpos, mirar a los niños que juegan, al solitario que lee, a la pareja que pasea, al intrépido que se zambulle en el mar revuelto, a la madre atenta, al anciano que sueña sus recuerdos, al adolescente que sufre su primer mal de amores, a quien disfruta su fugaz amor de verano, al paisaje humano, al natural y al divino de la imaginación que siempre vuela por sus propios fueros.
La Semana Santa nos permite a los mirones quedarnos embelesados con una joven lánguida que parece llevar pintado su contorno como un retrato de Modigliani; ante la señora alegre que disfruta de su desbordada hermosura como un Botero; absortos en los adolescentes que en sus primeras salidas en grupo revolotean misteriosamente como estorninos alrededor de los pasos; en las calles que parecen una composición de Sorolla para sus paneles de la Hispanic Society; hipnotizados con las velas, dorados y terciopelos que usa Valdés Leal en sus postrimerías; conmovidos con el vendedor ambulante que retrataría Velázquez en toda su grandeza; felices ante el beso fugaz de una parejita que estrena su primer amor eterno. Fijos en aquella señora elegante que soñó pintar Zuloaga; incrédulos ante algunos palcos vulgares que Gutiérrez Solana hubiera desnudado en su pintura severa o ante el exotismo de ropas imposibles para un anuncio de Warhol. Volando con el pelo suelto de una quinceañera que es el de las Inmaculadas de Murillo; viendo al loco que pasa que ni el pincel de Goya serena; tentados por las manzanas de caramelo que nos devuelven al paraíso del Bosco. Solos ante un cristo muerto que no es madera sino la carne de todos y ante la virgen de los Remedios que nos detiene la mirada para siempre. Este año habrá Semana Santa, abrid los ojos.
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