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¿Abstención?

Algún día nos mereceremos no tener gobierno. Pero mientras tanto es mejor tener el gobierno menos malo posible

Algún día nos mereceremos no tener gobiernos". Borges lo escribió o lo dijo en algún sitio, en uno de sus prólogos de los años 70 (quizá en El libro de arena), o quizá en uno de aquellos deliciosos libros de entrevistas que se publicaron en aquellos años, cuando Borges, ya muy mayor, vivía solo -sin más compañía que su fiel Fanny y el gato Beppo- en su piso de Maipú 999, donde recibía al primer entrevistador que se presentaba y hablaba con él durante horas y horas.

Estos días supongo que nos acordaremos de la frase de Borges. ¿Nos merecemos un gobierno, sea el que sea, formado por los cuatro políticos que han hecho el paripé durante este último año? De hecho, lo ideal sería que no hubiera gobierno nunca, y que el Estado -que por fortuna funciona aún bastante bien en nuestro país- siguiera funcionando con el piloto automático puesto, mientras Pedro Sánchez hacía como que gobernaba y los demás fingían hacerle la oposición. De hecho, casi toda la gente con la que he conversado este verano me ha dicho que esa sería la mejor opción de todas: un gobierno eternamente en funciones y el Estado funcionando con el piloto automático. No sé si esta solución es técnicamente posible -supongo que no-, pero de algún modo habríamos conseguido hacer real aquel deseo de Borges.

La gente con la que he charlado este verano también se inclina por la abstención si al final se convocan nuevas elecciones. Desde luego, eso es lo que nos pide el cuerpo, pero conviene recordar que abstenerse significa dejar el campo libre a los más fanáticos y a los más crédulos, a los que votarían tan panchos a una mofeta o a una hiena si esos animalitos se presentaran con sus siglas o enarbolaran la bandera con la que se sienten identificados. O sea que la abstención quizá no sea una idea tan buena como nos parece, por mucho que la indignación y la rabia -y la insoportable sensación de estafa que hemos vivido- nos impulsen a quedarnos en casa el día de las elecciones. Es cierto que estos cuatro políticos han demostrado ser una verdadera calamidad, pero si nos quedamos en casa en vez de votar, quizá acabe ganando el más calamitoso de los cuatro, cosa que tampoco nos conviene. Borges tenía razón: algún día nos mereceremos no tener gobierno. Pero mientras no llegue ese día, es mejor tener el gobierno menos malo entre los muchos pésimos gobiernos posibles.

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