El ateneo de lillith

Ruth Galván

Abracadabra

No deja de sorprenderme la confianza, incluso diría la seguridad ciega que algunas personas depositan en otras por el simple estatus social que éstas poseen. Llegan a elevarlas a dioses, considerándoles todopoderosos. Buscan desesperadamente milagros, considerando que son magos, considerando que en su aquelarre particular formulan sortilegios que terminarán consiguiendo, la denominada por ellos, justicia. Todo sin ser conscientes de que las cosas nunca dependen de uno solo. A veces es para decir: "Señora, que los milagros los dejo para los fines de semana". Te llegan cosas que no puede más que sorprenderte el desparpajo con que te lo cuenta el sujeto, sin inmutarse, impertérrito; mientras piensas: "Hoy olvidé la chistera en casa". En el mundo de la abogacía uno de los muchos aforismos que deberíamos aprender en la Universidad, y estoy por proponerla como asignatura en los planes de Bolonia, es "abracadabra": la magia que se espera de los abogados. Las creencias están bien para el mundo interno de cada uno, pero cuando ha de determinarse exteriormente una cuestión, no sirve la magia, por mucho que creamos en ella. La voz cabalística, enigmática, "abracadabra", escrita en once renglones con una letra menos en cada uno de ellos, formando de esta manera un triángulo que simboliza la perfección (emblema de religiones y de filosofías esotéricas) es una de mis palabras preferidas… en tantas ocasiones la vociferaría hasta desgañitarme si eso me permitiera obtener el resultado deseado por quien codicia lo que no puedo ofrecerle y, sin embargo, por alguna extraña razón, ha considerado que sí puedo, y, que además quiero obsequiárselo. No se imaginan en cuantas ocasiones "abracadabr"a ha pasado por mi mente y por la de tantos colegas. Cuántas más pasarán. Esperar de los demás lo que uno no puede concederse no es más que buscar sobre quién descargar la ira, porque no queremos asumir que la responsabilidad de nuestros actos es exclusivamente nuestra. Las soluciones a los problemas de la humanidad no las tenemos ni los abogados, ni los médicos, ni los físicos, ni los psiquiatras, ni los terapeutas, ni los psicólogos… Buscar talismanes es crear una ilusión, una entelequia, una utopía… algo que quizá nos haga más soportable la vida (para quien no sepa vivirla, ¡sino sobrevivirla!).

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