Tribuna Libre

José Antonio Hernández Guerrero

Abandonar los miedos

LA única manera de defendernos de los miedos -el arma más utilizada a lo largo de la historia de la civilización por los que aspiran a alcanzar o a mantenerse en el poder- es informándonos y aprendiendo a pensar. Para evitar que los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos nos asusten con sus amenazantes augurios, no tenemos más remedio que, en la medida de lo posible, estar adecuadamente informados y, sobre todo, es imprescindible que desarrollemos el sentido crítico para analizar los contenidos y las intenciones de sus, a veces, alarmantes mensajes. Como primer paso, hemos de desconfiar de los políticos que, de manera enfática, sólo anuncian ruinas, de los economistas que, apesadumbrados, sólo pronostican pobreza, de los sociólogos que, acongojados, sólo prevén desastres, y de los predicadores que, afligidos, sólo alientan el temor al mundo, el miedo a la modernidad y el terror al infierno.

Fíjense cómo el Papa Francisco nos ha advertido que la Iglesia, si quiere promover la acción del Reino de Dios en esta Tierra, tiene que mirarse sin miedos a sí misma de otra manera a como lo ha hecho en los últimos tiempos, y ha de mirar el mundo de una forma más amable y comprensiva: tiene que abordar con serenidad y sin temor sus problemas internos, y ha de acercarse al mundo abandonando también los temores. Sus palabras han sido tan diáfanas que no exigen matizaciones: "Ni el mundo es tan malo como nos imaginamos, ni nosotros tan buenos como nos creemos". Por eso él no ha tenido inconveniente para admitir que dentro de la Iglesia también se han producido conductas que denigran la condición humana e, incluso, ha reconocido que ella misma también está contagiada de las estructuras de pecado existentes en el mundo: "Participamos de esa misma cultura -han sido sus palabras- que no nos cansamos de criticar mordazmente".

Por eso nos anima para que abramos los ojos de par en par, para que despertemos y para que tomemos conciencia de lo que pasa, para que utilicemos la cabeza, desarrollemos la inteligencia y, al mismo tiempo, apliquemos la razón. Sólo así tendrá sentido una esperanza fundamentada. Pero, para ello, es necesario que, con la ayuda de la comprensión, seamos conscientes de nuestros propios miedos y, desarrollando la voluntad, nos decidamos a plantarles cara y a superarlos. No se trata, por lo tanto, de que nos asustemos por la cultura actual, sino de que nos libremos de las trampas, de las esclavitudes y de las dependencias a las que algunas modas -pretendidamente científicas o filosóficas- nos encadenan fatalmente. Quizás la mejor manera -la única- de lograr esa libertad sea la del diálogo directo, concreto, amable y personal. Pero hemos de tener claro que, para hablar en un plano de igualdad con los demás conciudadanos, los miembros de la Iglesia, por muy elevado que sea el escalón de su jerarquía, deberán "comunicarse" con cada ser humano con una palabra directa y personal: más que grandes debates, se trata de transmitir la profunda experiencia liberadora cristiana con las elocuentes actitudes del respeto, de la sencillez, de la cordialidad y de la esperanza. Más que ir en contra de los otros deberíamos propiciar encuentros buscando ámbitos de convergencia reconociendo la esencia y la dignidad comunes de cada persona. Éste es el camino que señala con claridad y sigue fielmente el Papa Francisco, una manera de comunicarse que supone un acto sincero de humildad, de solidaridad, de amor y de respeto a quienes viven alejados de la fe o a quienes les lastima una fe vacía. Supone hablar directamente a la persona y transmitirle un mensaje liberador para despertarle -y no para bloquear- una conciencia crítica. Javier Anso me lo explicó con claridad el otro día: "Francisco -como Jesús- no desea ser admirados. Lo que quieren es que en el mundo haya más vida, más justicia, más felicidad, más amor fraterno. El Papa tiene mucha tarea por hacer. ¡Y cada uno de nosotros, también!"

Para que la Iglesia recupere el liderazgo moral en la sociedad civil, deberá constituirse en un referente moral prestigioso, y, para ello, deberá salir de sí misma y exigirse una actitud personal y comunitaria ejemplar, más sencilla y con menos artificios. Es decir, los cristianos debemos abandonar los prejuicios y los miedos. Sólo si somos auténticos y coherentes, seremos referencia en una cultura donde la falsedad y la pantomima están sentenciadas.

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