DIARIO DE CÁDIZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Uno de los peores miedos es la pérdida de la propia identidad. Así lo creo y afirmo con fervor. No saber quién se es ni en qué trozo de tierra arraiga nuestra vida. Desorientarse, dudar si se sueña o no. Y les confieso que la sombra de ese miedo me ha erizado el vello en estos últimos tiempos en los que perder la noción del tiempo ha sido una tentación constante en un Día de la Marmota ininterrumpido. Sí, pero conectados todos al Gran Hermano, el ojo que todo lo ve y el teletrabajo. Aplausos a las ocho de la tarde, carteles con arcoiris en las ventanas y propósitos autoimpuestos de orden en medio del caos y la incertidumbre. Y, ah, videollamadas para paliar la soledad y calmar el silencio, sobre todo el interior. Sé que hay más gente rara como yo, y sin intención de aguarles el recuerdo de los brindis familiares, las odio profundamente. Como si servidora fuera una indígena americana de las retratadas por Guido Boggiani siento como si en esta obligada invasión de la intimidad, del espacio personal, una fuerza sobrenatural me robara el alma. Reunión virtual a las seis. Qué horror. Se me escapa la energía en esos primeros planos en los que todos tenemos ojeras y papada, sin nadie que nos maquille con ternura para la ocasión como en la tele. Será pura coquetería. No sé.

¿Somos tan feos como nos vemos en las pantallas? ¿Es el miedo? ¿Es la convivencia estrecha con las paredes? Parece entendible que WhatsApp, Skype y el resto de plataformas ahora parezcan el summum de la maravilla y el vínculo sagrado con aquellos seres queridos a los que tenemos lejos. Ahora podemos verlos, poco a poco, con mascarilla y desinfectante, mientras caemos de cabeza en una nueva normalidad, que le llaman los lumbreras que nos marcan el camino al matadero.

Normalidad que no lo es, pues perdonen que les diga, aunque ustedes ya lo saben, que hasta ahora hemos vivido en un completo disparate que añoramos y pretendemos recrear con todos y cada uno de sus defectos, disparándonos a la cara a cualquier hora y en cualquier sitio, ya sea videollamándonos o fundiendo la tarjeta de crédito para acumular víveres en el búnker de nuestro propio egoísmo. No es que sea catastrofista (bueno, vale, si, una miijita chica), pero si no estoy equivocada, el vocablo desescalada que la RAE ha terminado por reconocer me trae sensaciones contradictorias, pero lo contrario de escalar es ir hacia abajo. Permítanme, pero ni para abajo ni para atrás ni a por impulso. Abajo, solo el abismo. Y yo soy más de subir a la azotea a otear el futuro e imaginarlo muy azul, con sol y sin distancias sociales.

Como diría María, Niña Pastori, en su canción: qué se ve, desde la azotea qué se ve. El mar se siente y se huele en el aire mejor desde arriba. Escalada hacia el cielo, de Cádiz, por ejemplo. Y mientras, feliz encuentro en la primera fase a todos.

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