Análisis

Carlos Valentín Rodríguez Serrano

De stultitia

"Para lo que nos sirven los políticos, votar a imbéciles no deja de tener su aquel"

Ya se sabe que en esto de la estupidez humana, como casi todo en la vida, hay diversos grados.

Está el melón tempranero (pero ojo, sólo de ocho a tres), el alcornoque en barbecho, el jovial singer-morging de toda la vida, el majadero grupal... mil variantes que culminan en el ceporro King Size, de gran eslora… tanta, que necesitan un pantalán especial para atracar tan inmensa idiocia.

He sabido que el Ayuntamiento de Cádiz se ha asegurado de incorporar una mirada feminista respecto al proyecto de sustitución de las pasarelas de acceso a la playa.

De otro lado, noticias sin confirmar nos dicen que en Oxford están replanteándose el programa de estudios de música, alejándolo de la música clásica "por su complicidad con la supremacía de la cultura blanca".

Y los reacios a poner cara de póker en según qué situaciones, tomen nota:

Nuestro Ministerio de Igualdad, a la hora de sondear la intensidad de la violencia machista que padecemos, ha incluido la "mirada lasciva" como una variable más a tener en cuenta en el asunto.

Tanto da el mayor o menor grado de certeza de estas informaciones. Son meros retazos de lo que nos topamos todos en el día a día y que, en mi opinión, proporcionan una excelente panorámica de la idiocia como uno de los componentes esenciales de la realidad pasada, presente y futura del ser humano.

En efecto, la historia nos demuestra que, por algún extraño sortilegio genético, cada generación de Sapiens ha estado bien nutrida de imbéciles, en una proporción que quizá convendría ir concretando.

Tanto es así que, aunque me resulte deprimente, debo admitir que mientras escribo estas líneas, con toda seguridad se está engendrando un tonto.

Y si tal cosa es así, ha de ser por algún motivo. Quiero decir que el mastuerzo, como constante implacable en nuestro devenir, debe jugar un papel importante en la evolución de las cosas.

Si no, no se entiende.

Llámese imbécil, idiota, mamerto, sandio (tonto en definitiva) a quien dice o perpetra cosas impertinentes, que no vienen al caso, condenadamente mal avenidas con su tiempo y lugar y que, invariablemente, o no sirven de nada o son simplemente nefastas, agravando la situación hasta extremos difícilmente reversibles.

Añádase la absoluta apatía del estúpido en cuanto a los desperfectos que provoque su conducta, pues le es del todo indiferente salir perjudicado incluso él mismo. Tanto da.

¿Qué hacer ante el lerdo? ¿Cómo gestionar esa incómoda realidad?

Vaya por delante que, en casos de idiocia sumamente refinada, sólo nos queda postrarnos en el reclinatorio y recrearnos en la contemplación de tan oronda, perfecta y espléndida imbecilidad.

Asistir a las evoluciones de un cenutrio tiene, de hecho, un importante componente de fascinación, pues al observador le cuesta creer que se pueda ser tan tonto, y no ser consciente de ello o lo que es peor, serlo.

Es algo además sumamente pedagógico, pues con frecuencia el lerdo se ocupa de demostrar lo errado de determinadas ideologías cuando se confían a las manos de un necio para ser puestas en práctica.

Quizá sea esa, quién lo sabe, la gran aportación del estólido en la evolución y progreso del mundo: visibilizar con sus sandeces lo fallido de teorías y conceptos poco atinados lo cual, convendrán conmigo, no es mal servicio a la humanidad.

Restaría decir que, para lo que nos sirven los políticos, votar a imbéciles no deja de tener su aquel.

Le animo a que reflexione sobre ello, amigo lector.

Verá cómo, al final, encuentra algo de sentido en estos pensamientos.

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