Análisis

ROSARIO TRONCOSO

A los maestros no nos aplauden

También yo dije y creí que este desastre nos mejoraría, como si de un formateo a nivel mundial de nuestro sistema operativo se tratase. No sé si erré. Más que un error me gusta verlo como una forma de autoengaño o esperanza. La cuestión es que hace ya unos meses que tenemos un enemigo común, y se supone que eso une, pero qué va, y hay quien no se entera y sigue enfangado en las mismas dinámicas hostiles de siempre.

Esos amantes de la guerra a cualquier precio, que necesitan la adrenalina. En fin. La verdad es que no me extraña, visto lo visto en la capitanía de este barco que más bien parece un circo que un país. Me van a entender enseguida. A lo mejor han echado de menos leerme por estos lares, pero la semana primera de clases es devastadora aunque les confieso que he vivido milagros pequeñitos: la unión de la comunidad educativa, los alumnos más ejemplares (incluso los que no lo son) con mascarillas y ojos asustados (o a lo mejor la asustada soy yo), la fila india, respetando distancias, a pesar de sobrepasar en algunos cursos la ratio con creces de forma insalubre y criminal. Son (somos) un ejemplo de serenidad. Olvido las incidencias porque tienen menos importancia que nunca. Es la otra cara de esta pesadilla el trato humano y la valentía para aguantar el chaparrón en esos grupos de Whatsapp donde el diablo se divierte provocando a los ignorantes. Valentía y paciencia para ir nadando entre la basura: desdobles que no son, medidas absurdas, nulos recursos, nubes de humo y exceso de maquillaje para ocultarle las ojeras al desastre. Visualizo al coronavirus como voz de la conciencia colectiva, con cerebro y capacidad de ironía deshecho en carcajadas microscópicas. Oh, sí, profes, qué ingenuos. Pero os lo merecéis por flojeras y suertudos. Tener tantas vacaciones y el prestigio social a la baja es lo que tiene, y nadie sale a aplaudirnos a los balcones. Pero insisto en que no es la tripulación la culpable de esta deriva, aunque sí la responsable de enderezar un poco el rumbo si no queremos perecer en un holocausto caníbal sin ni siquiera tocarnos. Me quejo, sí, porque conozco la maquinaria íntima de un centro educativo y el padecimiento de sus directivos, y por ende de todos sus miembros, por verse en medio de fuegos cruzados. No sé si esto nos mejorará a todos, a la vista está que los mezquinos lo serán hasta el fin de sus días. Pero al cerrar los ojos siento, como el resto de mis compañeros, que el día ha servido para algo y que lo que defendemos, aunque mucha de nuestra labor sea desconocida sobre todo para los que mandan mucho, es un trabajo tremendamente complicado y solitario. El desvalimiento del docente es un hecho y se verán las consecuencias en sus alumnos. El abandono enferma a los maestros y una sociedad sin referentes, sin educación, morirá del todo. Pero a los maestros no nos aplauden, todavía.

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