Análisis

manuel barea

Tiene que llover

Debería llover mucho ya, que cayera una intensa manta de agua que lo arrastrara y limpiara todo, y a continuación tendrían que bajar de una vez las temperaturas con una ola de frío que no tuviera precedentes. Por supuesto sin tragedias de las que tuviéramos que dar cuenta los periódicos, sin víctimas por ahogamiento en riadas ni por hipotermia en un banco de la calle por falta de un techo bajo el que cobijarse.

Expuestos como estamos al cambio climático -eso que para algunos despistados cerriles sigue siendo un invento que da de comer a los ecologistas-, éste podría provocar ya un giro de los acontecimientos, habida cuenta de que nosotros somos incapaces de hacerlo por nuestra cuenta. Obligado por las circunstancias meteorológicas, los rayos, los truenos, la ventisca y la rasca extrema -desde siempre el hombre ha mirado al cielo buscando señales- puede que alguno de los que tienen encomendada la tarea de transformar esto para intentar mejorarlo diera con la tecla, o al menos se afanara en activar el resorte que pusiera en funcionamiento una situación distinta. No se trataría de emprender una revolución para poner patas arriba lo que hace tiempo no se sostiene, tan inestable, sin ninguna firmeza y muy alejado del estado natural de las cosas. Sería sólo cuestión de acabar con el Nada en el que deambulamos como zombis y sustituirlo por un Algo con una dirección que al menos nos sugiriera cómo salir de esta inopia.

Sí, de incertidumbre se habla mucho estos días. ¿Qué ocurre? ¿Qué va a pasar? La única evidencia es que persiste el calor y que las moscas zumban cada vez más gordas, burlándose cachondas de nuestro asco y nuestros aspavientos. Tiene que llover. Esto tiene que despejarse. Es necesaria una atmósfera nueva. Esas elecciones de las que tanto se parlotea pero de las que nadie parece saber nada podrían celebrarse un domingo lluvioso. Los votantes deberían acudir en tromba a los colegios sin paraguas ni chubasqueros ni gabardinas ni impermeables, y mojarse. Mojarse mucho. Calarse hasta los huesos. Pero no: descreimiento y escepticismo a partes iguales me hacen sospechar que la mayoría acudirá abrigada con su chambergo de toda la vida. Si al lunes siguiente persiste el mismo clima y las consabidas predicciones las dictan el hombre y la mujer del tiempo de siempre es porque así lo habrán querido los electores. Aunque el martes ya estén rajando, acalorados, contra el sofoco y la asfixia.

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