Mientras que el Cádiz más chabacano está en plena ebullición por el comienzo del casquivano Concurso de Carnaval, el núcleo de nuestro planeta se ha frenado. Como lo oyen. Esa inmensa bola de hierro y níquel que se encuentra en el mismísimo cogollo de la Tierra ha dicho hasta aquí llegamos, se ha detenido y parece que podría comenzar a girar en otro sentido, como el que se cambia de postura en la cama vaya. Mientras veía el telediario me preguntaba cómo narices saben los científicos esas cosas. ¿A ver hijo mío? Pero si el infierno más real del mundo está a 5.000 kilómetros de profundidad, ¿quién ha sido el guapo que ha tirado una cuerda con una plomá hasta allí?, ¿cómo saben que ha cambiado la rotación, que si los días son más cortos, que si las mareas, que si no es que la luna tenga luz de plata como lo dicen algunos poetas? Lo que me faltaba para volverme loca. Yo, en mi fuero interno, siempre he pensado que cuando, de pequeña, me decían que el infierno estaba en la tierra era en sentido figurado, no que Belcebú y sus adláteres arrastraban sus cuernos y sus cadenas bajo nuestros pies. Hablando bajito del tema con mi amiga Pura en la cola para comulgar en San Francisco, un tipo que se había resguardado del frío en la casa del Señor mientras hacía tiempo para ir a ensayar tuvo la desfachatez de meterse en la conversación para decir que mandaría al infierno a todos los que presumen de colarse en el Falla. Y recalcó: "El primero, Ismael Beiro". ¿Y ese quién es?, dije yo.

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