El café imposible

23 de febrero 2026 - 03:09

Supongo que no ocurre sólo aquí pero, como aquí es donde vivo, aquí lo cuento. No sé cuándo es para ustedes la hora del café, pero creo que, excepto para los muy enganchados que estarían todo el día con la taza, lo normal es considerarla o bien durante la mañana, acompañando o no el desayuno, o bien por la tarde en ese momento que antes se llamaba merienda, o bien, algo especialmente reconfortante, después del almuerzo como cierre de una comida que suele ser prolongada y disfrutada en esta tierra, si se hace con el ánimo y la compañía adecuada.

Sin embargo, aunque durante las interminables mañanas cafeteras de este pueblo los vasos y tazas humeantes aparecen en las mesas hasta bien entrado el mediodía, de la calle Real prácticamente han desaparecido en los últimos tiempos las infusiones cafeteras de media tarde, una misión imposible dado que los locales no tienen a bien abrir a esa hora que ellos consideran intempestivas y que no hace tanto se consideraban simplemente ‘la hora del café’. Más me sorprende porque en los rótulos que lucen en sus puertas aparece casi siempre el título de ‘café bar’ o ‘bar cafetería’ o simplemente ‘cafetería’.

Me tengo por un consumidor de categoría media, de los de dos o tres al día según me pille el cuerpo y el lugar. La edad también me ha ido obligando a descafeinar el producto por aquello de poder dormir bien. Pero sigo manteniendo el reloj clásico de los sorbos a ese líquido que ha dado nombre incluso a un color: el color café con leche. Los que han perdido la hora son los establecimientos.

Son insufribles las disculpas clásicas de sus propietarios o encargados: “Es que tengo la máquina apagada”, “a esta hora ya no servimos café” son frecuentes, pero no por eso comprensibles. Últimamente me he encontrado con otra insólita en un restaurante del que somos (a partir de ahora éramos) asiduos desde que nos mudamos al barrio: “No te puedo poner café porque hay mucha gente y no me da tiempo”. Me sonó como si me dijera que me iba a poner las almejas crudas porque no le daba tiempo a cocinarlas. Me permití sospechar que, en realidad, la gran afluencia de gente le hacía desear que nos fuéramos pronto para dejar la mesa libre y no pude evitar sentirme tratado como una especie de robot consumidor que llega, engulle y se va, como si fueran ellos los que nos pagaran. Me pasa también con la reciente costumbre en la hostelería de ponerte hora para comenzar y finalizar tu comida, como si nuestro cuerpo y nuestra alma fueran un mecanismo de relojería, como si no fuéramos hijos de esta tierra.

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