Después de un tiempo vuelvo a abrir, de par en par, este ventanuco que me ofrece la prensa escrita para poner en evidencia la enorme figura de una persona que se nos fue. Pedro García Rodríguez, cacereño, maestro de profesión, que un buen día decidió vivir en este rincón de la bahía, junto al río y La Puntilla con su familia. Tere Retortillo, su esposa y sus hijos Pedro, José, Maite y Luis.

Con la familia García Retortillo me une algo más que una amistad. Nos consideramos hermanos -sin serlo-. y esto ocurre desde hace mucho tiempo. Desde siempre.

Mientras Pedro se apagaba, multitud de secuencias de toda una vida pasaron por mi mente y es que, de joven, su casa era un poco la mía. Allí pasaba noches de estudio y tertulias de lo que tocase ese día. Nunca le oí una palabra más alta que otra. Tras su media sonrisa, inundaba el tiempo y el espacio de esa bonhomía que le caracterizaba. En el colegio San Agustín, donde ejerció la docencia durante toda su etapa educativa, era un profesor querido por sus alumnos. Así, con la sencillez que le caracterizaba, transcurrió su deambular por este mundo. No son tantas las personas buenas. Todo está tan alterado, que encontrar afabilidad, sencillez y honradez en un ser humano es complicado. Pedro García era -como quiso- un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra bueno, a decir de Antonio Machado, que lo sensibilizaba en sus 'Poemas del alma'. Sintiendo tu marcha Pedro, tan sólo una última cuestión, no te olvides de darle un abrazo fuerte a mi padre. Y descansa en Paz.

Enrique Bartolomé

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