Ser positivos es lo más sensato para afrontar el día a día y sobrevivir. Sí. Pero cuando tirar del propio cuerpo cuesta, el aire no cunde y se mezclan sueño y realidad después de muchos días mirando cara a cara a la soledad, el concepto de la positividad cambia para siempre cuando se marca con una cruz en el documento que acredita que el bicho te cogió y se encaró contigo. Y ahí estaba, dentro de mí, a pesar de la primera dosis de la vacuna chunga (AstraZéneca, se entiende).

A pesar de mantener distancias y el uso y abuso de la mascarilla, me tocó. Lo que me faltaba para el duro, pensé, cuando la prueba de antígenos me envió para casa, con una mochila llena de síntomas y, sobre todo, con terror, incertidumbre y un extraño sentimiento de culpabilidad y vergüenza, como si se tratara de haber adquirido una infección venérea que hay que ocultar al mundo. Porque ya se sabe, esto del coronavirus lo coge muy poca gente, es una enfermedad rara y poco frecuente, véase la ironía. En fin.

No trato en este artículo de explicarles a ustedes en qué consiste la enfermedad, cuáles son sus síntomas, ni tampoco de darles la lata con el machaque monotemático que encontramos a diario, segundo a segundo, en todos los medios de comunicación. Pero sí quiero que sea un canto esperanzado en medio de las ruinas silenciosas que llevamos todos en el interior en estos tiempos de desvalimiento máximo. Me han llegado testimonios, experiencias, horrores de hospital y la unánime queja de que a pesar del bombardeo pandémico, no tenemos ni idea de que en realidad, lo más terrible del bicho es que nos deja solos, muy solos. Y créanme, no estamos preparados para que el mundo nos aísle.

El alma humana no resiste el silencio, aunque pensemos que sí. Por eso a veces nos equivocamos eligiendo compañía y nos arrojamos en brazos poco convenientes cuando el miedo al frío y al abismo es mucho más fuerte que las consecuencias de perder la propia identidad. Y es paradójico que el auge de los coaches y gurús de la autoayuda, del 'vive el presente', la resiliencia, el karma a tope y demás ítems para ser felices no den los resultados esperados si consultamos los datos que indican que estamos muy bajitos de ánimo.

Lo más potente del virus es el miedo y éste deja nuestra salud mental maltrecha, si además no hay respaldo ninguno a nivel humano por parte de los que deben gestionar este follón, aunque nos prometan libertad, dos cañas y unas patatas bravas para animarnos la existencia. En fin.

Los viales de vacunas no contienen nada contra el miedo, solo lo callan un poquito para poder respirar. Aunque en dosis muy pequeñas, donde predomine la esperanza, quizás mantengan un nivel apropiado de responsabilidad. No lo sé. Alarma ya no. Alerta, siempre, porque el bicho que nos visita es de los malos y no quiere volverse bueno, como canta Miguel Campello. Cuídense.

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