Una semana después de las fiestas navideñas, pasadas las celebraciones y los balances, sé, sabemos, que la mayor parte de lo vivido se desvanecerá como lo hacen los momentos repetidos y manoseados, especialmente aquellos a los que no se les pone un interés especial. Pero de igual manera ciertas instantáneas quedarán convertidas en recuerdos, momentos especiales que durante mucho tiempo se salvarán de la crueldad del olvido. Entre ellos, me quedo con los abrazos de la gente que quiero, las comidas y atardeceres al sol del invierno, la presencia cercana de los que ya no están, muchas risas, algunas lágrimas… momentos todos que ya atesoro porque tienen en común su autenticidad, lejos de las imposturas y los artificios de estos tiempos. Sumo a todo ello que he cocinado lento al calor de la leña en la chimenea de mi ya vacía casa familiar; que he comido en el único restaurante de la playa de La Carihuela que ha sobrevivido a la especulación, donde la misma señora que hace más de 20 años nos ofrecía unas conchas finas cogidas por su padre por la mañana, le ha regalado a mi hijo un plato de patatas a lo pobre para que no pase hambre en el avión de vuelta a Suecia; que he asistido a un exclusivo encuentro flamenco jerezano con un maestro de la guitarra y una virtuosa del cante donde la verdad y el saber hacer brillaban a años luz de las bullangueras zambombas; que no he regalado nada que no deseara para mí y que no haya comprado a conciencia en una tienda de barrio para apoyar el pequeño comercio; que no me han regalado nada que no haya sido comprado con amor... ¿Hay mejor balance?

Cierto, verdadero y consecuente son tres adjetivos que aparecen en la definición de la palabra auténtico, y así ha sido mi Navidad, he vivido en lo auténtico, algo difícil de encontrar en tiempos de artificio y sofisticación donde todo parece de plástico, falso y falsificado, corrompido. He empezado el año con buen pie, ojalá que el resto de los días decidan mantenerse a la altura.

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