Amo como el que más los idiomas, la inmensa riqueza planetaria, el enorme y progresivo invento que tuvo que suponer para unos apenas homínidos el ir acumulando sonidos, giros, expresiones, acentos, tonos, creaciones que luego se llamaron fonemas, morfemas, oraciones ¡metáforas! para conseguir la comunicación y transmisión de conocimientos, amores, y también odios y venganzas: la experiencia única que hizo del ser humano un creador de mundos.

Uno de los mayores placeres del viaje, entre los muchos que proporciona, es el descubrimiento y aprendizaje de palabras nuevas en idioma extraño. El pequeño esfuerzo de intentar algún vocablo en otra lengua es compensado por el gran gozo que te devuelve el que te comprendan. Es como renovar cada vez aquella alegría lejana e inolvidable del niño que por primera vez lee y entiende un escrito. Si eso ocurre ante un rótulo en un país y un idioma que visitas por primera vez sientes la íntima satisfacción de creerte en posesión del don de lenguas.

Pero tener que traducir constantemente carteles o escritos ante instituciones, edificios o expresiones en tu propia tierra, sobre todo del inglés, se me antoja un ejercicio aburrido y sobre todo innecesario, cuando no descubres que eso encierra un cierto complejo de inferioridad o una injustificada vergüenza por tu propio idioma, además de la aceptación no ya resignada sino incluso servil de la colonización lingüística.

Viene esta larga introducción a cuenta del flamante rótulo colocado en un no menos flamante, seguro que necesario y esperemos que productivo, edificio inaugurado recientemente en San Fernando: el Navantia Training Center, pegado al Puente de Hierro, al que no habría costado nada señalar como Centro de Formación (de) Navantia. Al menos, haber realizado el cartel en inglés y español. Demostraríamos de esta manera que, aparte de lucir nuestros conocimientos, experiencias y avances en el trabajo fino de la construcción naval, también podemos presumir de idioma.

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