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Análisis

PANDEMIA Manuel barea 65

Saludos apagados

Como últimamente salimos más que hace dos o tres semanas aumentan las probabilidades de cruzarnos con amigos y conocidos, personas a las que habíamos dejado de ver y que nos habían dejado de ver, todos confinados. El reencuentro tiene mucho de extraño porque no podemos resarcirnos como quisiéramos del desapego al que nos hemos visto obligados. La inercia empuja al contacto. Y hay que reprimirse. Si se quiere a esa persona o se tiene una mínima estima por ella lo normal es propender al abrazo, al beso o al apretón de manos, a tocarnos los codos durante unos segundos, a apretar suavemente la clavícula del otro, a rozar con los dedos la mejilla de quien no veíamos desde… ¿hacía cuánto?

Incluso los más reacios al contacto y al roce, hasta el punto de estar en ocasiones de acuerdo con el general Sternwood cuando para hacerle ver la repugnancia que siente por las orquídeas le dice a Philip Marlowe durante su entrevista en el invernadero que "sus pétalos se parecen demasiado a la carne humana", notamos el impulso de sentir al otro y advertimos en él un arranque similar al nuestro. Pero echamos el freno. (En ocasiones, cuando los he dejado atrás, me he llegado a preguntar con cierta pesadumbre por qué no he abrazado a mi amigo o besado a mi amiga, afligido por haber tenido que guardar un comportamiento impuesto que me ordena -si dejo volar la imaginación- una voz que chilla desde altavoces instalados en las calles: "¡No se abracen! ¡No se besen!".)

Hasta la alegría parece constreñida. No hay una actitud lo que se dice entusiasta, no parece que pueda haberla porque aún no hemos aprendido -si es que puede hacerse- a demostrar con un simple saludo verbal aquel júbilo que expresábamos en los tiempos de la vieja normalidad. Un "hola" o un "qué hay" o un "cómo estás" pronunciados a distancia no logran imprimir todo el afecto que tenemos hacia el otro ni consigue transmitir todo el gozo que sentimos al encontrarlo por sorpresa al doblar una esquina o al cruzarnos en una acera.

Por eso, será la recuperación de ese contacto -si es que llega algún día o queda como materia de estudio en manuales sobre ritos ancestrales para las generaciones venideras- el instante que nos indique que todo ha pasado. Eso, y no que han abierto los bares ni las tiendas y que hemos regresado al tajo en el centro de trabajo y que los párvulos y los bachilleres y los universitarios se reincorporan con cuentagotas a sus aulas y que se reinician los partidos de fútbol y que podemos hacer deporte por donde y cuando nos apetezca y que podemos ir a las playas y saltar de una provincia a otra y que los hipermercados abren todas sus plantas sin restricciones. No. Será poder volver a abrazarnos y besarnos la verdadera y única señal de que el virus nos ha dejado en paz de verdad. Y no a medias.

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