Cuando salga este artículo hará pocos días que regresamos de Roma. Roma es Roma. Monumental, magnífica, impresionante, soberbia, grandiosa, culta, religiosa, espiritual. No sé cuantos más calificativos le llueven a la Ciudad Eterna. Impregnada de historia esta ciudad es un orgullo para los romanos -que ya de por sí no necesitan demasiado para sentirse orgullosos-. Los que guardamos cola para visitar sus rincones entendemos este sentimiento al entrar en cada lugar y comprobar lo cuidados que están, la belleza que se pretende mantener y el trabajo que produce su mantenimiento. Insisto en esta idea: arte, produciendo trabajo.

Hay continua vigilancia del ejército joven en la calle, controles con escáner, ofrecimiento de visitas guiadas, reparaciones de suelos de mármol en las grandes basílicas, mantenimientos de luces en las iglesias, vigilancia en las capillas de oración con el Santísimo. Percibimos un mantenimiento constante. El arte, produciendo trabajo. Para quien explica las visitas en cinco idiomas, cuida sus tesoros artísticos o, aprovechando la lluvia, vende paraguas. Trabajo que los turistas mantenemos cuando salimos de nuestro país y, protestando o no, pagamos al entrar en los recintos. Es más digno tener a las personas trabajando que cobrando ayudas.

A pesar de que no es la primera vez que la visitamos, esta ciudad siempre nos sorprende. Todos quedamos asombrados contemplando la monumentalidad de su arquitectura y la belleza de las esculturas. Las esculpidas por los más grandes, para universalizar rincones, fuentes o altares y representar así el poder de sus mecenas. Casi siempre aparecen de gran tamaño y a cierta altura. Supongo que para hacerla más importante a los ojos de los demás y protegerlas mejor. Tal vez por eso, en este viaje llama mi atención una escultura distinta situada a la salida de San Pietro in Monti. Aparece doblado en el suelo, un hombre desnudo pidiendo. Araña el alma su postura humillada, el rostro oculto y su mano extendida, esperando ayuda. Creo recordar que su autor es Peter Benniger e interpreta el evangelio de Mateo 25, 36: "Ero nudo, e mi avete vestito". (Estaba desnudo y me vestiste). Con ella Roma presenta la otra cara del mármol imponente que tanto nos gusta.

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