Si nos atenemos a lo que dice la Real Académica, la Retórica es el "arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover."

En la antigüedad la retórica era muy valorada y hubo profesores de retórica que gozaron de justa fama, como Marco Fabio Quintiliano, que era un señor de Calahorra que alcanzó honores insignes, como el derecho a lucir la "laticlavia", vistosa toga que solamente podían vestir los nobles romanos. Claro que se ve que Calahorra ya no es Calahorra, etc., así que eso de la retórica en la educación parece haber pasado a mejor vida.

Cuentan que en los países anglosajones aún se le presta algo de atención, pero lo que es en nuestro sistema educativo (el español) no es precisamente una materia muy cultivada. Así se atestigua en la forma de expresarse de la mayor parte de nuestros jovencitos. Más aún: si usted tiene la suerte o la desgracia de participar en un tribunal de oposiciones para profesores de Lengua y Literatura Españolas, comprobará con horror que la mayor parte de los candidatos no presentan mucho mejor nivel de discurso castellano que un tundidor bretón analfabeto. ¿Qué exagero? ¡Pues claro que exagero, hombre, pero ésa es precisamente una licencia retórica! La gloriosa hipérbole.

Sin exagerar, encuentro mucho más estética y convincente el habla del pueblo, de campesinos, marineros y amas de casa de aquí mismo, de Chiclana. Ayer tarde estaba mirando un estupendo video sobre la "riá" en compañía de mi familia y hay que ver cómo se expresaban nuestros convecinos mayores contando su experiencia. No te digo nada si saltas el charco y hablas con gente de la calle en México, en Guatemala, en Bolivia, en Paraguay… ¡Qué preciosidad de expresión en ciudadanos no especialmente leídos y escribidos!

Claro que, poniéndose en lo peor, también dice la docta institución que algo "retórico" puede ser "vacuo, falto de contenido" y "sofisterías o razones que no son del caso." Si a la vacuidad y al sofisma se añade un punto de agresividad, nos encontraremos ante la peor forma de expresión posible.

Los discursos vacuos con un componente agresivo suelen ser gala y ornato de los "patriotas" oficiales de cualquier ¡Patria! Hay casos realmente aberrantes en el género, como fue el siniestro general Queipo de Llano, de quien se conservan perlas de este volumen: "¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré"… Sí, ese mal bicho que parece imposible exhumar de La Macarena.

En nuestro tiempo parece de mal gusto hablar directamente de muertes y cosas por el estilo, aunque se dan casos, como el de un besugo llamado Colomines, que dice sin llenarse de rubor cosas como: "En todas las independencias del mundo ha habido muertos… En la nuestra hemos decidido que no los queremos. Si decides que no los quieres, pues tardas más, el proceso es mucho más largo. En los patriotas españolistas la frase "romper a España" es un tópico de lo más estúpido, cargado de unas connotaciones emotivas más falsas que un euro de plástico, que, si se acompaña debidamente de símbolos indebidamente apropiados, como es la bandera, puede convertirse en algo perfectamente esperpéntico. Dan ganas de espetarles la muy esperpéntica frase: "¡No te pongas estupendo, Albert, o Casado, o tonto a secas…!

Don Carles Puigdemont sí que maneja una retórica tan mendaz como agresiva: "Los invasores serán expulsados de Cataluña." Claro que otro patriota de diverso signo no se priva y dice: "Yo no veo rojos y azules; veo españoles. Yo no veo gente urbanita o gente rural; veo españoles. No veo jóvenes o mayores; veo españoles. No veo trabajadores o empresarios; veo españoles". Bueno, ésta retórica no tiene demasiado tinte agresivo: es simplemente idiota, o un poco cegata; porque un servidor sí que distingue perfectamente una muchachita de quince años de un abuelo de ochenta, un ejecutivo del Madrid guay de un bracero de Jaen, etcétera.

Como esto siga así, con una retórica tan mal parida, acabaremos echando de menos, no a Cicerón y a Demóstenes: al mismísimo Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

A ver si los cambios educativos que pueden venir (o no), además de recuperar la Filosofía en el Bachillerato, se ocupan un poco de mejorar la retórica en todos los niveles de estudios, la buena retórica, que incluso cultivaron algunos sofistas serios y no los sofistas de pacotilla en boga. ¿Y si le dan un empujoncito a las enseñanzas artísticas, como, por ejemplo, la música y el teatro? Mucho pedir, me parece.

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