Como firme defensora del sistema público de salud, mis hijos van a una pediatra de la seguridad social. Siempre, hasta ahora, he conseguido cita casi de inmediato. Pocas veces he tenido que ser ‘paciente’ en la sala de espera porque hubiera retrasos. Me he sentido atendida y escuchada; nunca nos han dedicado menos tiempo del que requeríamos. También he sabido siempre que para que yo pueda contar esto, las profesionales que cada día se sientan en la consulta -las que conocen nuestras caras, nuestros nombres- han hecho equilibrios imposibles para que ni yo, ni ninguno de los que nos vemos en el centro de salud, notemos las deficiencias del sistema. Hasta que ha llegado un momento en el que sus esfuerzos no han sido suficientes. Llevo semanas pelándome con el calendario de citas, sin encontrar ni un solo hueco por la tarde, cuando podemos acudir sin faltar a clases o al trabajo; con cambios de horarios y esperas de varios días. Ante mi queja me dicen que hay pediatras de baja, otras de vacaciones, y las que quedan deben repartirse las consultas como pueden. ¿No se le ha ocurrido a nadie sustituir las vacantes? He presentado una reclamación, pero le auguro poco éxito. Porque aunque este es un caso concreto, resolverlo supondría cambiar toda la filosofía de contrataciones de las administraciones públicas. ¿Es normal que cada inicio de curso muchos centros escolares arranquen sin conocer la plantilla que tendrán? ¿Que haya entorno a un 20% de interinos en la enseñanza? Docentes que en su día aprobaron las oposiciones –son aptos- pero no obtuvieron plaza; que trabajan cada año –son necesarios- pero no consiguen un contrato estable. Lo de la sanidad es aún más alarmante, con profesionales que concatenan contratos de días, incluso horas. Es un autoengaño del sistema, que declara una relación de puestos mucho más corta de la que en realidad necesita. Al final me propusieron atender a mi hijo por urgencias –está bien, por cierto- obligándome a caer en una incoherencia: yo, siempre crítica contra quienes utilizan las urgencias de forma espuria, animada por el propio sistema a hacer un mal uso del servicio.

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