Polémica Elías Ahuja, el gaditano que da nombre al colegio mayor de Madrid con expulsados por gritos machistas

Creo que son las primeras olimpiadas a las que no estoy haciendo caso. Me llegan avisos al móvil, salen resultados en las noticias, leo de refilón algunos titulares… Así sé que los hermanos Gasol dejan la selección, Simone Biles se retira y abre un debate sobre la salud mental, luego vuelve y consigue un bronce en barra, Carreño derrota a Djokovic, Djokovic destroza una raqueta con rabia y lanza otra a la grada… pero no consigo como otras veces entrar de lleno y picarme con las diferentes competiciones. No sé si es una reacción personal o si soy parte de un desapego colectivo que da la espalda a unos esfuerzos personales admirables. ¿Tendrá la pandemia también la culpa de esto? La constante subida y bajada de casos, de hospitalizaciones, de muertes, acaba provocando una necesidad de vacaciones mentales, de alejamiento de los medios de comunicación y sus pantallas.

Me siento culpable. Más allá de los atletas profesionales alejados del primitivo espíritu olímpico amateur que el barón de Coubertain quiso dar a los juegos, lo cierto es que hay cientos de deportistas que entrenan durante años, compatibilizan sus estudios o sus precarios trabajos con una dedicación constante y sacrificada a su disciplina, se esfuerzan con dureza para rebajar una marca, llegar en buen estado físico y de salud, rascar una décima en sus marcas. Detrás de ellos no suele haber negocio sino empeño personal, entrenadores esforzados, entrega, capacidad de sacrificio, sensación de abandono… Nada de esto se recoge titulares, que se limitan a hacer un recuento de medallas que siempre nos parecen escasas.

Me conmueve esa carrera de fondo que hace que una persona se vuelque en una meta aún a sabiendas de que la cima de su carrera marcará también su declive. Atletas que lo dan todo por intentar conseguir una medalla estarán apartados de la competición con treinta y tantos años. No sé cómo se lleva psicológicamente, intuyo que mal. Corren el riesgo de convertirse en seres frustrados, muñecos rotos que necesitarán reinventarse a unas edades en que ya deberían tener una estabilidad en sus vidas. Su pundonor y espíritu de sacrificio bien merecen nuestro cómodo apoyo desde el sillón.

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