Análisis

Paco carrillo

¡Ojo con el turismo!

Era vagabundeo más que turismo, donde en cualquier sitio se era recibido con curiosidad

Por razones de edad empecé a ir de un sitio para otro antes de que el turismo fuera considerado industria nacional. La cosa por aquellos entonces estaba más centrada en el INI y en la industria pesada, ¡quién lo iba a decir!

O sea, que conocí Benidorm poco antes de que el alcalde falangista Pedro Zaragoza empezara a convertir su ciudad en Miami Beach, al tiempo de que José Banús y el príncipe Alfonso de Hohenlohe-Langenburg se convertían en promotores turísticos de la Costa del Sol, Marbella como bandera, con su Ira von Fürstenberg de escaparate y el acompañamiento de los Onassis, Deborah Kerr, Maria Callas, los Duques de Windsor o Ava Gardner, incluyendo a otros magnates de tronío (lea bien, por favor, no he dicho mangantes). Puerto Banús convertido en refugio de yates famosos como el Nabila de Kassoghi, con las letras en oro, o el del Conde de Barcelona -al que jamás nadie vio el color de su cartera-, el Giralda. A Benidorm y a Marbella les cabe el orgullo de ser las cunas de las especulaciones salvajes que en España han sido.

Si digo que fui andariego antes de los esplendores, quiero decir que alcancé a los chiringuitos costeros con techos de palma, mesas con hule y sillas cojas deshermanadas, menús very typical spanish; a las posadas de Castilla la Vieja (perdón por el arcaísmo); a las paellas sui generis levantinas, loor a los arroces multicolores, y a las migas que, allá por donde andare, variaban en formas y contundencias; desde las de pastor, solo con ajos, hasta las de cazador, antes de empezar las partidas, mejor costeadas y, según en qué lugares, algunas fastuosas.

Aquello de entonces era más vagabundeo que turismo, donde en cualquier sitio se era recibido con curiosidad y respeto; en muchos pueblos en plena desbandada de sus gentes -los viejos como rehenes-, bastaba que corriera la petaca y una ronda de vino recio para que todos los ceños fruncidos se transformaran en preludio de largas conversaciones sin estridencias y el silencio como música de fondo.

Han pasado sesenta años. Lo que en principio fue curiosidad por conocer otros ambientes se fue trocando en invasión agresiva. Asumir colas kilométricas para visitar un museo, horas de espera para una mesa en un restaurante, botelloning, balconing y follaming en las esquinas, turismo de borracheras que, por mucho que mejoren las economías de los que viven de eso, atracos en las facturas incluidos, a los nativos se les hace la vida diaria insufrible y sin derecho a sentirse agredidos porque el pueblo -el que sea-, no tiene otra fuente de ingresos y los puestos de trabajo que se crean son temporales pero sirven para manipular falsas estadísticas, denigrando titulaciones superiores para ser, en el mejor de los casos, camareros y en el peor, temporeros en los invernaderos.

Pero no diga que el turismo es pan tierno para hoy y que mañana puede ser solo pan duro. No lo diga porque al fin y al cabo todo está montado en la farsa de no enseñar la cruz de la moneda. De ninguna moneda.

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