Análisis

pedro ingelmo

Ojo de halcón

Quiero árbitros que sigan alimentando la leyenda de ser lacayos del Real Madrid

Creo recordar (y lo recuerdo así así porque sólo tenía dos años) que Inglaterra ganó su único Mundial con un gol que no fue. Sí que recuerdo (porque fue una noche histórica ajena a los designios del fútbol e incluso a los desginios de la Historia) que Michel metió un golazo a Brasil en el Mundial del 86 que entró claramente y que no fue gol porque el árbitro dijo que no lo era (yo estaba a lo mío, pero entiendo que fue duro). Ambos hechos están en mi memoria por el único motivo de que fueron garrafales errores arbitrales. No sé si hubiéramos obtenido mayor gloria si en otro Mundial en un partido que no se desarrolló en ningún día histórico (ni para la Historia ni para mí mismo: sé que era por la mañana) un árbitro egipcio no hubiera estado golpeando a nuestra selección con su arbitrariedad, que supongo que viene de árbitro. No me pareció de recibo como atlético -por el club, no por mi complexión- los cinco minutos que en cierta final de Lisboa se dieron de prolongación (je, mola, prolongación, qué palabra) a un partido acabado. Me da igual la Historia, aquello fue una verdadera mierda y un disgusto de dos pares de narices por culpa de un árbitro del que no quiero recordar el nombre. Y recuerdo a Babacan, en una semifinal de la Copa de Europa cuando jugaban sólo los campeones, no como en la Champions, que jugamos todos. Fue contra el Celtic en Glasgow y aquello, una vez más, fue una ofensa a nuestro orgullo atlético -por el equipo, no por nuestra complexión-. Visto hoy no sé cómo en vez de mandar a unos cuantos jugadores atléticos a la caseta no los envió a la comisaría. Corría el año 74. Son hechos que se me vienen a la mente, que están en la mente porque un árbitro fue arbitrario o lo fuimos nosotros, tanto da. Para mí, el árbitro es una parte esencial de mi juego favorito. Necesito árbitros que se equivoquen. No quiero ojos de halcones, quiero que los árbitros sigan siendo lacayos del Madrid (ese clásico) y así yo me divierto.

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