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Análisis

Tacho Rufino

Hijo, heredarás mi deuda

Resulta asombroso cómo solemos ignorar que la carga financiera colectiva a largo plazo es una condena insalvableLos niveles de la deuda pública y la tibieza del PIB lastran el futuro de los niños

A LO largo de esta semana y la anterior se han realizado en España los exámenes de acceso a la Universidad, antes llamada selectividad hasta que se rebautizó como Evaluación del Bachillerato para Acceso a la Universidad, cuyo acrónimo es ortográficamente inclusivo: EVAU o EBAU, como se quiera, según se enfatice la 'v' de evaluación o la 'b' de bachillerato, por si acaso uno suele confundir la b con la v, no se vaya a sentir mal. Corren tiempos donde surgen los juanramones -recuerden, nunca g, siempre j-, pero sin papeles, que defienden la libertad ortográfica; que propugnan la eliminación de cortapisas a la libertad de expresión en forma de normas. Hay hasta quien sostiene que los que defienden las reglas de puntuación son unos nazi grammar (nazis gramaticales), y que las personas que cometen faltas y hasta delitos de ortografía son "más fiables". Ole. Lo políticamente correcto, la protección 360º, el abatimiento de corsés educativos sospechosos de fascistoides y el adanismo educativo que no cesa y se renueva cada pocos lustros son los ingredientes del aliño del sistema educativo, atrincherado y disfrazado de limpio periódicamente. EVAU o EBAU, y si quiere usted Jebau, que tampoco va a pasar nada grave. Pero no nos pongamos severos ni melancólicos, o sea, no digamos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Porque tal pena no es un axioma.

Es cierto que me sorprendió, al llegar el martes a la facultad, que hubiera muchos chavales que me parecían un pelín pequeños para el sitio. Pero eso me pasa año tras año cuando ingresan los de primero: la clave de mi sorpresa no es otra que mi edad, que aumenta, mientras que la de ellos -los de cada curso nuevo-, no. Me sorprendió mucho más ver a decenas de padres esperando a que sus hijos hicieran el examen, de pie en el campus frente a las puertas de acceso. Hice esta reflexión en una red social y no fueron pocos los contactos que recordaron cómo ellos -me meto yo también en el bucle melancólico- fueron autosuficientes y responsables, mucho más maduros que estos de ahora, que vaya generación dependiente que estamos criando, que estos no van a ningún lado. Ya en el pequeño súper del barrio, un amigo y colega de universidad hizo un juicio más largo: "Les vamos a dejar un mundo de mierda, pero muy acompañaditos".

Un "mundo de mierda" es aquel en el que hay demasiada gente, pocos recursos y degradados o artificiales, pocas esperanzas de trabajo estable o de casa en propiedad, desigualdad extrema, un clima amenazador, pandemias mutantes; aunque no faltan quienes dicen "menos llorar, mimados; yo eché pelotas". No podemos obviar un factor silente, pero de suma importancia: lo que de verdad le dejamos a las generaciones futuras es un marrón hiperbólico en forma de deuda pública, o sea, deuda de todos, que además no se podría amortizar nunca con los porcentajes de crecimiento de la economía vigentes. Estos porcentajes han sufrido una debacle por la crisis financiera y la posterior crisis pandémica, y la deuda del Estado, además, ha crecido hasta un 120% del PIB (se considera el límite de la salud financiera de un país que este indicador sea como máximo de un 100%, o sea, que la deuda pública sea igual al PIB del año). Aguantar este ratio no puede hacerse salvo a costa de los impuestos -en los que la tasa Google será crucial, así como la erradicación de los paraísos fiscales-, de una fatal reducción del sector público y sus prestaciones de salud, educación o infraestructuras, de recortes bruscos de las pensiones de una población envejecida. O, alternativamente, de empobrecimiento colectivo, con ubérrimas excepciones. Con permiso de Lorca, ¿somos "un millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de nacer"?

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