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Análisis

PANDEMIA Manuel barea 47

Hartura, hartazgo, hastío

Redacto las notas de esta entrada mientras el sol se pone por detrás de pirulís y cohetes y otras virguerías arquitectónicas de la vieja Expo 92, ahora más antigua que nunca. Y lejanísima. Ahora sí que cobra todo su significado y tiene sentido decir que aquello fue cosa de otro siglo. Parece tan remoto. Atardece, y sólo en España ya no verán más puestas de sol cerca de 25.000 personas -por ahora-, masacradas por esta pandemia. Que no se olvide esto jamás. Mientras pienso en esa mortandad salen de algún balcón sevillanas y rumbas a todo volumen. Alguien que intenta consolarse por la pérdida de la feria. Al otro lado del río la Cartuja es una isla abandonada. Un lugar en el que no ocurre absolutamente nada. No, abandonada no. Desierta. El mito de la isla desierta, que me recuerda esa gilipollez que algunas veces se pregunta en una entrevista: ¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta? ¿Qué libro ni qué ocho cuartos? Uno llega a una isla desierta por accidente, porque es el único superviviente de un naufragio o de una catástrofe aérea y la primera tierra firme que encuentra es la de una isla desierta. Uno no va a una isla desierta. No las hay, y en el caso de que quede alguna no va a ir uno hasta allí a leer. Hay que ser vaina. Para leer se queda uno en su casa, que es donde mejor se lee.

Pero tal vez ahora no estaría mal dar con una de ellas. Tengo entendido que hay algunas a la venta. Una inmobiliaria de islas. A quién se le ocurriría. Creo que son gobiernos que están tiesos y ponen a la venta sus islas, ¿no? Pero no, no es el momento para estar solo. ¿Y además para qué iba a querer una isla? Seguro que allí llega también el maldito bicho. Y si no el Covid-19 cualquier otro, también de nombre y origen indescifrables. No, nada de soledad, es preferible pasar acompañado este hartazgo, este hastío, esta hartura. Bien acompañado, quiero decir. Porque para tener al lado a alguien indeseado, ya se sabe, mejor solo. Y seguir viendo a gente, aunque sea a desconocidos y desde lejos y temerosos algunos de que vayas a contagiarle algo -el virus, claro-, y así te queda claro que no eres el último hombre sobre la tierra, que es la sensación que tengo por un instante frente a la Isla de la Cartuja y que se funde enseguida gracias a esas rumbas y sevillanas que en cualquier otro momento me habrían resultado detestables.

Sí, después de tantos días ya está uno harto de ese distanciamiento que sin embargo tantas veces buscó durante los tiempos de la vieja normalidad, la vieja y entrañable normalidad que te dejaba hacer, que te permitía marcharte y volver cuando quisieras, siempre a tu disposición. Y no esta nueva que viene ahora y que nos van a presentar de aquí a poco y para la que algunos ya no tenemos dotes de conquistador. Debe ser fruto de esa hartura, de ese hartazgo, de ese hastío, que lejos de provocar impaciencia lo que causa ya es una apatía inmensa.

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