Estamos tan heridos, tan hartos, que necesitamos una Tejerina, o una Ana Mato de vez en cuando, para que la tormenta se desate y descargar la ira histórica acumulada, aunque luego se nos olvide en las urnas.

Está claro que hay quien no da más de sí, y solo reproduce lo que ha mamado. En este caso concreto, clasismo rancio e ignorancia peligrosa. Y me acuerdo de Fernando Quiñones cuando afirmaba en sus mijitas que la política es un trabajo más bien sucio, pero alguien tiene que hacerlo, aunque no sirva. Ay. Ni en sueños, la exministra que nos ocupa, podía imaginar que sería trending topic. Habrá que darle la enhorabuena por colocar injustamente, otra vez, a los niños en el ring más feroz de la realidad de nuestro país: la Educación.

Le vendría bien a la de Valladolid un curso como docente rasa, tiza en ristre, en un colegio cualquiera de Andalucía la Baja. Cambiaría su visión del mundo en una transformadora experiencia entre aulas masificadas, nula inversión y cero entusiasmo desde la ceguera de los despachos de "arriba". Pero la moneda tiene su reverso también en pleno infierno: iba a disfrutar, y no se lo merece, con un alumnado de enorme capacidad comunicativa y maravillosa velocidad en el razonamiento. Chicos y chicas chispeantes, de respuesta rápida, de ingenio desbordante y recursos propios para sobrevivir en ambientes hostiles esquivando burlas, complejos y otros torpedos interregionales. Niños andaluces con gigantesca voracidad de aprendizaje, que atendidos, guiados y valorados, arrasan, a la vista está, a nivel nacional en el Bachillerato. Por eso quiero pensar que Tejerina erró el tiro, y que al hablar del deterioro se refiere al embrutecimiento de los que manejan los hilos, destacando como un meritazo que nuestros niños, aquí en el Sur, a pesar del olvido y el ninguneo solo tengan dos años de atraso, y no cuatro, por ejemplo. Es mi autoconvencimiento para no caer en el cabreo colectivo reinante y porque me resisto a ir a la deriva en manos de inútiles, prejuiciosos y carajotes.

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