Análisis

María González Forte

Grazalema

Hay experiencias en nuestras vidas que dejan huella, dignas de permanecer en nuestra memoria. Momentos especiales para recordar cuando otros, no tan buenos, aparezcan en los azares de los días. No puedo decir si se debe al paisaje de la sierra de Grazalema, que hacía creer que pertenecía a alguna película en cinemascope, donde alguien selecciona el lugar que luego ha de excitar al espectador y hasta a hacerle pensar: quiero ir allí. Tal vez fuera el fresco de este septiembre, tan distinto al levante que corre estos días por El Puerto. Quizás el olor a hierba, o la alegría por oír el cacareo del gallo con sus gallinas que veíamos, libres, bajo nuestra ventana. Desde la habitación hemos disfrutado de unos amaneceres increíbles, con una franja magenta iluminando el borde de las montañas hasta que se imponía la luz amarilla. Por las noches el cielo se dejaba ver cuajado de estrellas. Además, coincidió luna llena.Hablo del paisaje, pero el pueblo no queda atrás. Por unos días han desaparecido de nuestros ojos grafitis o paredes sucias. No hay un solo desconchado y muchas casas tienen, bordeando sus puertas macetas preciosas llenas de color que nadie arranca o lleva. Calle arriba o calle abajo, ni un papel. En la plaza del pueblo los bares están llenos y los niños corren a esconderse sin peligro. Los pocos coches que circulan lo hacen con lentitud respetuosa. -Es que el grazalemeño quiere mucho a su tierra. A ninguno se le ocurre estropear nada -. Me dice la recepcionista del hotel cuando alabo lo blanco y cuidado que está todo. -Es que ni los alrededores… -No verá usted nada mal porque cada uno se encarga de pintar su casa para que esté impecable. Ni verá a nadie cortando una rosa de los jardines públicos. Esa es una de las primeras lecciones que aprendemos de niños. -Nadie pide a los turistas. ¿No hay pobres? -Claro. Pero aquí todos nos conocemos. Sería una vergüenza molestar porque todos comprendemos la importancia del turismo. Asegura una joven profesora de literatura que el buen lector debe entender el propósito y la conclusión de un escrito.

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