Análisis

Manolo Fossati Enrique Montiel

La Casería y la justicia El Bartolo, ni tocarlo

La legalidad es la base de nuestra convivencia. La ilegalidad debe ser desterrada y los hechos que a su amparo se cometan deben ser castigados. Este principio no debe ser puesto en duda. En el caso de las casetas y los establecimientos de la playa de La Casería, tampoco. Pero la aplicación de la legalidad contempla, en justicia, la posible existencia de atenuantes y, también, eximentes.

A la hora de discutir el previsto derribo de esas edificaciones precarias (tanto como lo era en su tiempo la vida de los que las levantaron), ese hermoso y peculiar lugar al fondo de la Bahía de Cádiz acumula tantas circunstancias atenuantes, eximentes y exculpatorias que superan con mucho las indudables infracciones que se han cometido.

No sería una de las más pequeñas el simple hecho de la dilación en tomar medidas de cualquier tipo por parte de los responsables, es decir, Costas, culpable del abandono de décadas y de no ser capaz de realizar un plan adecuado. Durante más de medio siglo, ese rincón fangoso de playa fue un lugar olvidado. Tal vez quedaba demasiado lejos de cualquier interés, sólo visitado por sus habitantes hortelanos y pescadores y por un no desdeñable número de isleños, que encontraban alivio para la calor veraniega en sus aguas turbias y en su fondo peligroso y tachonado de peligros para las plantas de los pies.

Esa historia sentimental de la infancia, la que, como dijo el sabio Rilke, es la única patria verdadera del hombre, ya carga de razones la oposición al derribo de las casetas. El saco de los motivos para oponerse se puede llenar aún más con todo eso que precisamente ahora la pandemia nos quiere quitar: largas comidas con familiares y amigos, inacabables cenas de levante en calma, terapéuticos atardeceres, revitalizantes frutos de mar en las mesas…

Le costó mucho, pero ese amasijo de colores chillones sobre hojalata y madera logró al final y de manera única un milagro: que a fuerza de atraer gente de fuera, muchos isleños se dignaran por fin mirar al mar de cara y, de paso, poner la vista en su interior, es decir en lo poco que va quedando de una Isla que quizá desde siempre mantenía en su cara oscura un mundo habitado por hombres y mujeres impregnados de salitre y sol, y no siempre para bien.

Arréglese la playa, límpiese, procúrese no rellenar de arena extraña, y consérvese ese rincón como monumento vivo y latente de lo que a todos nos gustaría ser y tener.

La ciudad tiene una guerra por delante, que ganar. Un burócrata, que ni conoce la Casería, ni le importa, ha programado el derribo de uno de los sitios con más encanto de Andalucía. No lo digo yo sólo, lo dirían gentes como José Manuel Caballero Bonald, el doctor Revuelta Soba y Armas Marcelo; José Pedro Pérez-Llorca y Pepe Oneto, si estuvieran entre nosotros; el embajador Garrigues, Arcadi Espada y Cayetana Álvarez de Toledo, Amaya Zulueta y Mercedes García Plata, catedrática de la Universidad de París, experta en flamenco y en Camarón… muchos, muchos.

Los he llevado allí a comer un pescaíto a la plancha mientras contemplábamos la puesta del sol sobre el mar apresado en el contorno único con su puente nuevo al fondo, o la bajamar larga que descubre los fondos cegados de la bahía. Había un circuito en la Isla que todos querían recorrer, iba de la Venta de Vargas al Bartolo, pasando por la Gallega de la plazoleta de las vacas, algunos otros lugares de nuestra identidad humilde pero llena de los mejores aromas y sabores. Pero no nos engañemos, nadie mejor que quienes llenaban, literalmente, las playas de levante y la de poniente, según los vientos, las noches de los veranos. Un ejército de camareras atendía que daba gloria, atienden que da gloria, a la Isla que había adoptado el sitio que fue en origen la Taberna del Titi, un lugar para tomar un vaso los pescadores que salían desde allí a faenar en la bahía y volvían con la plata viva que cogían sus redes o mordían sus anzuelos. Ese es el mundo que quieren destruir derribando el modesto bar de Bartolo, tan modesto como esplendoroso, y querido por la ciudad. Por eso he empezado diciendo que esta guerra no la puede perder la Isla, seguro que el gobierno de Patricia Cavada está ya explicando a la autoridad competente lo que de verdad es este atractivo irresistible de San Fernando, el lugar a donde todos quieren venir, tal como está, para tomar un choco en su tinta y una cerveza bien fría respirando el aire marino de la bahía interior o la magia de las noches de levante en calma, sin querer irse de esta imagen del paraíso, la paz y el sosiego de la ciudad que se niega a morir.

No, no podemos perder esta batalla, esta nueva pérdida de la ciudad. Hay que plantarse, reivindicar lo que queremos, no permitir que nos roben el paisaje y los recuerdos de los días felices. Allí hay trabajo y un sembrar constante de lo mejor de nosotros mismos que no puede demoler una excavadora gracias a un papel firmado por un gachó que vive a más de cien kilómetros y que nunca estuvo aquí.

En la batalla no sólo debe estar Patricia Cavada, también José Loaiza y la gente de Ciudadanos y Podemos, todos. Quiero decir que si se escribe un manifiesto yo quiero firmarlo, quiero señalarme en favor de un lugar absolutamente único, tan único que debería estar protegido, no amenazado, como está ahora.

¿Qué le pasa a España, por favor, estamos definitivamente locos?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios