Análisis

Enrique Montiel

Ayer vino Guillermo

Cuando cierro la puerta me convierto en otra familia más con hijos a los que no poder abrazar

Ayer vino Guillermo. Nos puso en la ruta de la bicicleta, deporte y ver a sus padres. No entró en casa. Se quedó en la puerta, con la mascarilla puesta, por supuesto, la bicicleta y la ventana abierta de la masetilla. No sé cómo uno puede aguantarse las ganas de abrazar a un hijo. A mí me cuesta un dolor. Quería vernos a su madre y a mí, y traer una bandera nueva. Ha visto que las lluvias y los vientos han hecho su trabajo sobre la que tengo en el balcón y me ha comprado una nueva. Me gusta tener la bandera de España en el balcón. Definitivamente es mi bandera, la he jurado y besado, es el símbolo del país que yo amo, el mío más mío. Pondré la nueva, pronto. Guillermo es mi hijo pequeño aunque sea un muchachón grandísimo que va a ser padre en unos meses. Lleva a rajatabla el apercibirnos siempre de que no salgamos, de que nos protejamos todo lo que podamos. Y él mismo da ejemplo. También tiene que tener ganas de abrazar a sus padres. Se aguanta. Y nos obliga a nosotros a hacer lo mismo. No es que atraviese los caminos de los presumibles contagios, pero por si acaso, trabaja, está en las calles. Si no salimos, si nos quedamos confinados, es feliz. No quiere pensar que enfermemos de Covid-19. Yo siempre digo lo mismo, que es lo que diría mi madre: estamos en las manos de Dios. Porque realmente sabemos de algunos procedimientos de contagio, pero no son excluyentes, seguro que hay otros que no conocemos. Con el resultado que nos encoge el alma, la estadística diaria de San Fernando, Andalucía, España y a Humanidad. Sobrecogedor siempre desde hace meses. Y esta cosa de las vacunas, que el que la lleva la entiende porque no soy el único que no entiende casi nada, espero el día que me llamen y me la pongan, fin. Y que sea este año, pero no estoy seguro. Porque la gente sigue enfermando, gente conocida y personas muy queridas. Y muriendo. No porque uno se ponga en lo peor es que lo peor te asalta y te zahiere con muchos ejemplos ya, demasiados. Pero de esto no hablamos con Guillermo, lo miro, tiene un gran aspecto en pantalón corto, aguantando la bicicleta por el manillar. Me dice lo de la bandera, me dice cosas así y nos pregunta si necesitamos algo. Le cuento la proeza de haber culminado una compra por internet. Es muy fácil, resume. Domina la informática, para entendernos. Cuando cierro la puerta de la casa me convierto en otra familia más de la Isla, con hijos a los que no poder besar ni abrazar. Es lo que tiene este tiempo cruel, este desastre de las emociones y los sentimientos.

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