Análisis

Guillermo Alonso Del Real

¿Autocrítica o Autismo?

En la antípoda del autismo político se halla la autocrítica, pero la autocrítica de verdad

E L autismo es un espectro muy variado de trastornos que se produce con bastante frecuencia entre los menores y debe preocupar a la sociedad cuyas instancias idóneas deben adoptar medidas de todo tipo para su complicado e imprescindible tratamiento.

Respecto a la modalidad de "autismo político", mal del que parecen aquejados algunos próceres, ocurre que los diagnósticos y los correspondientes tratamientos se hallan muy poco desarrollados, si bien vienen detectándose desde tiempos casi remotos, allá por los de Maricastaña.

El cuentecillo del traje nuevo del emperador lo recogió Hans Christian Andersen en sus narraciones breves, pero es preciso decir que hay versiones del mismo en lugares tan remotos como La India, Sri-Lanka y Turquía. La tradición del apólogo oriental es poderosa y antiquísima, lo que sucede es que muchas de sus sabias enseñanzas son poco inteligibles para mentes no muy brillantes; incluso bastante romas.

El autista u ombliguista político sufre trastornos de comunicación que le conducen a una especie de solipsismo de lo más curioso. El sujeto puede haber llegado a contraer el síndrome por razones psicológicas o subjetivas; pero es imprescindible que los condicionantes del medio actúen de firme para que la situación se haga crónica y se agrave.

Así como los súbditos del emperador desnudo se limitaban a hacerse el longuis e, incluso, a celebrar y jalear la elegancia de su señorito, menester es que toda una legión de pelotas y tiralevitas coadyuven a construir un ego hipertrofiado; lo que los especialistas en el tema han definido como cuadro clínico "¡mecachis qué guapo soy!"

Cuando los citados palmeros se hallan en situación de dependencia económica y profesional del magnate, los niveles de impacto sobre el sujeto son ya casi irreversibles; y no digo nada de lo que sucede si los ovacionantes pertenecen al subgrupo "aspirantes pretendientes", que producen en su entusiasmo unas olas de babeo tóxico de nivel ochocientos (más o menos).

Monsieur de La Fontaine recurre en la detección de estos males en su fabulilla del cuervo y la zorra, que él había copiado muy meticulosamente de la versión griega de Esopo, aunque me pega que sus escasos conocimientos de la lengua helénica le hubieran obligado a recurrir a versiones latinas; tal vez Fedro, pero no me consta.

Ya sabemos que los franceses siempre han sido más que nada maestros en la divulgación, o, por lo menos, eso dicen los alemanes.

Y perdone el culto lector este pedante excurso, pero es que el que nace pedante, ya lo es hasta la tumba. A lo que íbamos: los desmedidos elogios de la zorra hacia la persona del cuervo le hacen abrir el pico, suelta el queso y el astuto raposo se lo zampa.

Y es que por la boca muere el pez, como suele decirse. Pongamos que un político (o política, nada de discriminar) se pone estupendo con ayuda de sus más entusiastas lacayos y pretorianos, se lo monta por libre, y larga un discurso desde el autismo político natural o inducido, discurso normalmente vacuo y divagatorio.

¿Qué puede suceder? Creo que lo normal es que se pegue una costalada de padre y muy señor mio. ¡Ay vanidad de vanidades, que dijo el sabio del Eclesiastés (me parece)!

En la antípoda del autismo político se halla la autocrítica, pero la autocrítica de verdad, no la impostada. No vale eso de "algo debemos de haber hecho mal", ni lo de "probablemente nos hemos equivocado en algo", o "es que no nos hemos explicado bien". Concreten, por favor.

La solución de echarle el muerto a terceros es, cuando menos, ridícula. Total que: "Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos."

Claro que eso de la autocrítica abre peligrosamente la puerta al temible concepto "dimisión", tan poco usual entre los políticos españoles, que solamente se aplican una medicina así de amarga en situaciones de extrema necesidad, cuando ya tienen el agua al cuello y no hay más cáscaras.

Cuentan que los samurai japoneses dimitían de ser vivo con una facilidad pasmosa y eso les honraba en la memoria de los supervivientes (harakiri o sepuku).

Tampoco se pide tanto, qué barbaridad, pero sí que el poderoso que mete la pata, con perjuicio para sus correligionarios o ciudadanos en general, tuviese la amabilidad de marcharse a su casa y, en caso de que lo tuviere, a su pretérito oficio u ocupación precedente.

Esa sí que es una pepla, caramba, porque otro de los problemillas que arrastra una buena parte de los políticos nacionales es que han echado los dientes, como quien dice, en el fascinante mundo de la res pública; incluso hay quienes dicen que lo han sacrificado todo por ella y, claro, ahora no tienen dónde poner el huevo. Pues qué lástima.

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