Cultura

El solitario de Burdeos

  • Por primera vez en edición bilingüe, los bellísimos 'Ensayos' de Montaigne nos devuelven su mirada irónica, compasiva y moderna hacia la condición humana

Michel de Montaigne. Edición bilingüe. Trad. y notas de Javier Yagüe Bosch. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2014. 2.400 págs. 45 euros

El lector en español dispone ya de excelentes ediciones de los Ensayos de Montaigne, así como de numerosos volúmenes misceláneos, editados en ambos lados del Atlántico. No obstante, la presente edición de Galaxia Gutenberg ofrece dos particularidades que, al tiempo que la distinguen, justifican sobradamente el formidable trabajo llevado a cabo. Una primera es la edición bilingüe, inexistente en español, que permite al lector familiarizado con ambas lenguas una constante y fructífera lectura comparativa. En segundo lugar, la edición de Javier Yagüe Bosch dispone de un exhaustivo cuerpo de notas, dispuestas al final del volumen, cuyo objetivo es, no abrumar al lector con una erudición tan prolija como inútil, sino la de consignar el universo cultural, la progenie literaria, desde la que Montaigne escribe. Vale decir, la de mostrarnos a Montaigne en el nudo mismo de sus conocimientos, preferencias y lecturas.

Al margen de esto, cabe añadir que para entender cabalmente a Montaigne habría que señalar diversos hechos de indudable relevancia; hechos que son contemporáneos o guardan una indudable proximidad con estos Ensayos. Tales acontecimientos son la caída de Constantinopla, la Reforma religiosa de Lutero, el descubrimiento de América y la vasta difusión de la cultura clásica -el Renacimiento- que se dio en paralelo a la caída de la Nova Roma. Así, de la iglesia Reformada de Lutero y de las luchas originadas en suelo francés, Montaigne extraerá un perdurable odio a la intolerancia religiosa; del descubrimiento de América, una franca admiración por la inocencia y la honestidad de aquellos pueblos primitivos; de la caída de Constantinopla y la subsiguiente llegada de eruditos griegos al continente europeo, una justificada devoción por los autores de la Antigüedad pagana. Por otra parte, de las novedades aprontadas por el Renacimiento, Montaigne ha tomado una visión razonada e irónica de los asuntos del mundo, así como una nueva conciencia del individuo humano. Prueba de esto es la estructura misma de sus escritos: los Ensayos son ya, no una explicación taxativa e irrebatible sobre las leyes del cosmos, como pudiera serlo la obra de Tomás de Aquino, sino simples divagaciones, escritas para él mismo, en las que se interroga por la variedad de los afectos y las relaciones en las que el hombre se ve envuelto.

Unas décadas antes, fray Antonio de Guevara ha compuesto unas piezas literarias de tono similar, escritas al amparo de Cicerón y sus Epístolas familiares. No obstante, lo que en el consejero de Carlos V fue un juego docto, donde la fantasía y la erudición iban en servicio de un fin pedagógico, en los escritos de Montaigne nos hallamos ante la presencia de un hombre nuevo: de aquél que ha salido, no sólo de los hallazgos de Nicolás Copérnico, de Cristóbal Colón, de la ley perspectiva de Leon Battista Alberti, sino de la nueva soledad que tales descubrimientos han traído al corazón humano, y que se acoge bajo el sino senequista de aquella hora. No es exagerado decir, por tanto, que todos los temas desarrollados en siglos posteriores -los temas propios de la modernidad-, han encontrado antes en Montaigne una expresión tan adecuada y profunda como irresuelta. La modernidad de Montaigne es, precisamente, esta irresolución del que se interroga y no halla sino nuevas preguntas. La grandeza de Montaigne, en cualquier caso, y la de otras cabezas soberbias de finales del XVI, será la de contemplar la fragilidad humana con una mirada irónica, benevolente y compasiva. Así lo han hecho o lo harán Cervantes y Erasmo; así lo hará también, al modo bárbaro y carnavalesco, su compatriota François Rabelais, cirujano por Montpellier.

Cuando en el XVIII Montesquieu y Diderot acudan a las culturas foráneas para criticar la propia, no harán sino repetir lo dicho por Montaigne en su ensayo De los caníbales. Cuando Perrault, siguiendo una profunda corriente de su siglo, establezca la comparación entre los modernos y los antiguos, no hará sino continuar la disputa, la querella, que el XVI de Montaigne ha sustanciado en sus obras. Quiere decirse que en Montaigne se dan todas las condiciones del clásico: ahí, es el hombre en su totalidad, su renovado preguntarse, quien nos interpela, nos acompaña y nos ilustra. Las páginas dedicadas a la amistad, en memoria de su malogrado amigo Étienne de la Boétie, son tan imperecederas y tan francas como inolvidables.

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