Cultura

La piedra fatigada

  • Periférica recupera dos artículos de Jean Lorrain sobre Venecia, esa gran obra humana que durante siglos no ha dejado de deslumbrar a los viajeros

En este breve volumen de Jean Lorrain se recogen dos textos publicados poco antes de su muerte: Salvad Venecia, que vio la luz en febrero de 1905, y Venecia, que se editará en la Revue Ilustrée en abril de ese mismo año. A estos dos artículos extensos cabe añadirle una carta que el escritor envía a su madre cuando avistó por primera vez la hermosa ciudad adriática, muy a finales del XIX, y cuyo contenido prefigura o anticipa las piezas ya mencionadas. Estamos pues ante el resultado de una impresión duradera, fundamentada en varias visitas, y que quizá tengan su origen, aparte al obvia fascinación que ejerció Venecia en el ánimo decadente de Lorrain, en el derrumbamiento del Campanile, ocurrida en julio de 1902.

Son muchos los testimonios sobre Venecia, desde Hurtado de Mendoza a Joseph Brodsky, en los que se elogia su poderío naval, su esplendor comercial o su cualidad fantasmagórica. En el caso que nos ocupa, nos hallamos ante una precisa situación que aúna, a la atracción que ejercieron sus ruinas a lo largo del XIX, el peligro real de su colapso. Esto significa que en las páginas de Salvad Venecia, al margen de su cuidada escritura y los lugares comunes del decadentismo al uso, se reclama expresamente, bien la salvación de la ciudad, bien el digno envejecimiento de unas piedras que deslumbraron al viajero durante siglos. Este asunto nos lleva de inmediato, como ya supondrá el lector, a la figura determinante de John Ruskin y a la cuestión de la restauración, entonces muy debatida. Tanto en Las siete lámparas de la Arquitectura como en su extraordinaria Las piedras de Venecia, Ruskin exige una restauración preventiva que palíe, que aminore la obra del tiempo, sin falsear la arquitectura antigua, como ocurre en la Carcasona restaurada por Viollet-le-Duc. Ese mismo criterio es el que seguirá Lorrain en Salvad Venecia, escandalizado ante la posibilidad de que se cieguen los canales y abran al tráfico rodado sus silentes aguas. No obstante, y a diferencia de Ruskin, Lorrain es un admirador de Andrea Palladio y el arte renacentista (arte que Ruskin no dudó en tildar de pestilente, cuando contemplaba San Giorgio Maiore desde la orilla de la Academia); lo cual se debe, probablemente, a sus lecturas de Walter Pater, cuyo pupilaje con Ruskin lo inclinó, no a los pináculos y rosetas del Gótico, sino a la serena línea del mundo antiguo. En cualquier caso, y volviendo al tema que nos ocupa, en las páginas de Lorrain estamos ante un fenómeno moderno. Y este fenómeno no es otro que el de la necesidad descriptiva del viajero.

Chateaubriand, en las notas sobre Venecia que incluye en sus Memorias de Ultratumba, observa que en las Confesiones de Rousseau no hay una sola descripción de la ciudad, a pesar de haber vivido allí durante un año como secretario de embajada. Esto mismo es aplicable, no sólo a Marco Polo, veneciano insigne del siglo XIII-XIV, sino a otros dos grandes venecianos del XVIII: Casanova y Piranesi. En el primero, a pesar de sus prolijos lances, en los que se incluye la huida de la cárcel de los Plomos, no se ofrece una observación precisa, deliberada, de la ciudad; en el segundo, que figuró una Roma hercúlea en sus grabados, Venecia es una figura inexistente. Lorrain, sin embargo, como hijo de su siglo, ha aplicado al paisaje algo que había observado ya Da Vinci y que en el XIX tomará proporciones inusitadas: el entorno como expresión y reflejo del interior humano. Lorrain, decadente al fin, hallará en Venecia un correlato de ese gusto por lo crepuscular, por lo finito, por la injuria del tiempo, que ya se evidencia en Piranesi. A pesar de lo cual, Lorrain hará aquí un llamamiento, no tanto como escritor, sino como ciudadano y esteta, para salvar la ciudad amada. Al cabo, si la Babel de Nemrod fue la primera tentativa del hombre, malograda por la divinidad, para Lorrain, como para muchos otros, Venecia fue probablemente la última gran obra humana, culminada por el esplendor, el asombro, la intimidad y la gracia.

Jean Lorrain. Ed. y trad. Juan José Delgado Gelabert. Periférica. Cáceres, 2013. 80 páginas. 11,50 euros

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