Una jerezana, marinera en tierra adentro de Cádiz
Pilar Paz Pasamar, poeta y escritora, heredó de su padre, amigo del genial artista Manolo Caracol, una gran afición al cante flamenco
Si hay una mujer que escriba versos más femeninos que los de Pilar Paz Pasamar, sería cosa de darse con un canto en los dientes: a esta mujer, a la que admiro desde que la vi leer sus primeros poemas en el instituto de Jerez, cuando apenas todavía era una niña y firmaba sus versos con el encantador nombre de Pili Paz, en el diario Ayer donde yo escribía mis primeros artículos y reportajes, la he admirado durante años, y he seguido toda su trayectoria, en periódicos, así como en la gaditana revista Platero, junto a Fernando Quiñones, Tejada, Julio Mariscal y toda aquella generación de magníficos poetas gaditanos de los años 50, a cuya sombra creció, mientras iba hilvanando, verso a verso, tan hermosos libros que admiraron hasta al mismísimo Juan Ramón Jiménez en su dorado exilio de Puerto Rico.
En toda mi vida he leído un poema que rebosara tanto ingenio como aquél donde nos habla de la "frailuna cebolla" y de todos los frutos, utensilios y aromas que encierra en sus entrañas La Alacena; o aquella expresión de "Segovia, segoviame", que la poetisa exclama subyugada ante el encanto de la ciudad del acueducto. Una poesía en soledad, muchas veces, como el cante jondo, pero siempre en busca de algo; preguntas y respuestas de un mismo perfil; búsqueda interior, pero exterior también.
Como bien dijo, sobre su obra, Ana Sofía Pérez-Bustamante, "desde los ojos de Pilar Paz Pasamar, medio siglo de buena poesía nos contempla". Y ahora, también, nos acaba de llegar su prosa, recogida en un libro dialogado, comentado y anotado por la autora, con la profesora María del Mar López Cabrales, que nosotros hemos leído con deleite. Aunque a Pilar Paz jamás se le cae del verbo el verso, porque tiene amor hasta para las palabras más prosaicas; "hasta para lo feo y deforme", como decía en uno de sus poemas.
Pilar Paz Pasamar ha sido denominada por López Cabrales "marinera en tierra adentro", en el título de este libro que recoge una amplia selección de sus mejores trabajos en prosa, publicados durante los últimos años en este mismo diario. Una faceta de la escritora que ahora hemos podido saborear, tras su reciente edición, en un ejemplar que tuvo a bien dedicarnos la noche de su presentación. Aunque para nosotros, si hemos de fijarnos en su segundo apellido, más que marinera en tierra, como Alberti cantara, Pilar es marinera mar adentro, porque en su nombre lleva Pasamar; y pasa la mar, por la mar de la vida, cantando a la mar, al amor, a la vida. Con esa su galanura, que la hace asemejarse, en su primera etapa poética, como dice Pérez-Bustamante, al poeta de El Puerto José Luis Tejada, y en la segunda etapa, sus versos ya se parecen "en algunos aspectos, más próxima a la de Fernando Quiñones". Y es lógico que así fuera; aunque éstos fueron más bien poetas de mar afuera, que de tierra adentro. "De tierra adentro a mar, de trecho a trecho / desde el invierno hasta el feliz verano", como dijera la jerezana en uno de sus versos". Tejada y Quiñones siempre estuvieron pendientes de la mar, mirando a la mar, viendo llegar una a una las olas de la mar de la vida, que ellos tan enamoradamente supieron sortear, con una gaditanía de gracia inacabable.
Por eso, yo creo que Pilar Paz Pasamar, igual que marinera de tierra adentro, de Cádiz, también es poeta de mar afuera, o de mar adentro de Cádiz. Siempre, el mar de Cádiz, aquél del que Lope dijera que tenía "conchas en sus faldas", sonando por dentro de sus versos; caracola de amor, en fin, que la trae y la lleva de la tierra al mar, del mar a tierra adentro, embarcándola en mil suspiros.
"Suspiritos de canela", como dice la vieja copla; porque de lo que queremos hablar hoy es de la gran afición por el flamenco que nuestra poeta heredó de su padre el coronel Arturo Paz Varela, gran amigo de Manolo Caracol y otros cantaores que pasaron por su casa siendo niña, y que serían la inagotable fuente donde ella bebió el agua sabia de tanta filosofía de vida, como después le ha servido para verter en sus poemas y en sus artículos; deliciosamente impregnados de la fragancia de soleares, tangos, tientos, y hasta de sevillanas, como las que compusiera a los hombres del vino de su Jerez natal. Tierra adentro, de la que ella es marinera, sobre un verde mar de pámpanos de viñas. Mientras las caracolas marinas le traen hasta sus oídos el recuerdo de los acompasados martillos de los toneleros de la tonelería de sus antepasados, los Paz, que construían artesanalmente las vasijas del vino de Jerez. Y también las viejas saetas que junto a su padre escuchara, siendo éste hermano del Cristo de los marineros de la jerezana ermita de San Telmo, el del barquito de vela en las manos.
Pilar Paz, que pasa mar pisando tierra, entre décimas, sonetos y artículos en rica prosa, jerezanea en Cádiz, donde ha pasado media vida; bebiendo los aires de su Bahía; amando y escribiendo verso y prosa; mientras que de vez en cuando, mezclado con la "salada claridad" machadiana, como en un jondo y largo suspiro, se le escapa la alondra gitana de algún cante de esta tierra.
Como una alondra, queremos que le llegue ahora, también, a la gran dama-poeta de la Bahía la cariñosa adhesión de este admirador, en el merecido homenaje que Cádiz le rinde.
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