El soul, el funk y la impresionante voz de Alana Sinkëy hacen vibrar la Milwaukee

Cosmosoul ofreció la noche del jueves un extraordinario concierto en la sala de El Puerto

Pablo Bernardo/ El Puerto

18 de agosto 2012 - 05:00

"Eres la pequeña Sade" (no el marqués, obviamente, sino la cantante, Sade Adu), le espetó una intrépida fan a Alana Sinkëy en el descanso del concierto mientras le pedía un autógrafo apresurado, a lo que la portuguesa respondió con cierto sonrojo y una inmensa sonrisa.

Y a la señora en cuestión no le faltaban argumentos. La preciosa voz de Alana tiene en ocasiones toda la calidez y la espesura de la cantante británico-nigeriana, sobre todo cuando interpreta con su banda un soul reposado capaz de evocar con sencillez y mucha elegancia parajes musicales confortables.

Pero la voz de la cantante de origen guineano da para mucho más. Maneja tal cantidad de registros y de una manera tan cabal, que cuesta creer que sea tan joven. Y sí, en los primeros movimientos del concierto, que arrancó con dos temas de corte Barry White, se asemejó mucho a Sade; pero luego, cuando Cosmosoul se abalanzó sobre temas más cercanos al funk, recordó (a mí al menos) a la ausente Lauryn Hill o incluso a la Amy Winehouse menos mórbida.

La suya no es una voz histriónica que se dedica a subrayar su amplitud jugando con los extremos. No hay necesidad ninguna de demostrar cuántas escalas guarda en sus cuerdas vocales cuando es capaz de expresar todo lo que necesita expresar manejando los medios con una sencillez y una maestría que te desarma con cada giro.

Por otra parte, la figura de Alana Sinkëy hipnotizó a toda la concurrencia del concierto de principio a fin. El embrujo fue persistente y se apoyó en su delicadeza e inteligencia a la hora de dirigirse al público y en una capacidad desbordante para transmitir pasajes emocionales de distinto humor. Se notan (y cómo) las tablas, se notan los años tocando en la Sala BarCo de Madrid.

Aunque, por supuesto, Cosmosoul no es sólo Alana, a pesar de la capacidad de ésta para comerse al escenario con dos breves pestañeos. Calzetta (guitarra), Onasanya (percusión), Salvi (teclado) y Sanz (bajo) no son un mero atrezo instrumental. El cuarteto dispone bajo la voz de la intérprete una alfombra sonora bien tejida a base de contención y el uso calculado de ciertos pasajes improvisados e incluso ciertas dosis de free-jazz.

Así, en el concierto del jueves en la Sala Milwaukee todo estuvo en su sitio. No hubo ni una sola estridencia, ni un solo acorde más alto que otro, lo que tampoco quiere decir que se tratase en absoluto de un concierto soso.

El repertorio se basó mayormente en la interpretación de su primer trabajo en estudio, Sunrise, que estuvo llena de guiños a los grandes estándares del soul y el funk (como una introducción al teclado calcada del Superstition de Steve Wonder, por ejemplo), destacando muy especialmente la versión del tema que da nombre al disco. Por otra parte, también sorprendieron las muy acertadas versiones del Salt Peanuts de Thelonious Monk y el Cocaine de Eric Clapton.

El público (muy buena entrada), por su parte, fue pasando paulatinamente del arrobo extático de los primeros compases del concierto a ciertos bailoteos disimulados y tímidos, que terminaron convirtiéndose en una algarabía de caderas cuando, en el tramo final de la actuación, Cosmosoul bordó una versión del Could You Be Loved de Bob Marley.

En definitiva: Cosmosoul ofreció un extenso y preciso concierto que deslumbró al personal con elegancia, muchísimas tablas y una vocalista capaz de emocionar hasta a las piedras.

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